Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Un viejo dibujo


Aprovecho la mañana del domingo postcumpleañero para ordenar las estanterías. O al menos intentarlo. Los libros nunca son demasiados, pero tengo tantos que están repartidos por varias habitaciones, papeles que se multiplican como en un milagro bíblico, cajas que al abrirlas parecen la chistera de un mago porque de su interior brotan objetos que creía perdidos para siempre. En plena faena me he reencontrado con un viejo cuaderno de apuntes de filosofía, de 1986, cuando estudiaba tercero de BUP. Más que ver mi letra y mis notas de hace veintisiete años me ha hecho ilusión encontrarme con el dibujo de la portada. Cuando estaba en el instituto acostumbraba a decorar los cuadernos con mis propios dibujos. No puedo estar seguro, pero creo que éste lo copié de una historieta de Torpedo, aquel personaje dibujado por Jordi Bernet que me gustaba tanto. O quizá no sea un personaje de las historias de Torpedo, pero tiene ese estilo. Hace mucho que no dibujo, salvo en las dedicatorias de mis libros, y sonreía esta mañana al ver la cubierta del cuaderno. Sigo sonriendo ahora, al final del día. No se me daba mal dibujar, y durante buena parte de mi adolescencia fantaseé con la idea de alguna vez ser dibujante profesional. Quizá entonces ser dibujante era tan descabellado o tan raro como pensar en dedicarme a escribir novelas. Pero decía que me reía esta mañana al ver el dibujo que ilustra este post. Resulta evidente que hace tantos años ya tenía debilidad por los tipos valientes de otra época que llevan sombrero, fuman con la misma naturalidad con la que respiran y procuran no tener muy lejos una botella que les alivie las penas, además de una pistola, por si las moscas. Quizá mis queridos Gordon Pinner, Miguel Carmona, Artemio Corona, Rafael Montalbán, Frida Klein, Robert Bishop, el capitán Martín Navarro, Erika Walter, Gregorio León y todos los que vendrán en el futuro ya estaban ahí aunque yo aún no lo supiera.

         © Andrés Pérez Domínguez, julio de 2013

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