Quizá
por el paso del tiempo, tan evidente e inevitable, y aunque parezca paradójico,
feliz también, salto este otoño de una efeméride a otra. Hace poco
celebraba unas curiosas bodas de plata, luego los cuarenta y espléndidos años de un
gran maestro, y falta menos de un mes para celebrar unas bodas de
oro que adivino quizá demasiado emotivas y emocionantes para contarlas, pero al
final seguramente también contaré.
El
viernes me acerco al último de los aniversarios a los que he asistido este
otoño. No sé si será porque prefiero no dejarme arrastrar por la nostalgia,
pero al cabo de los años me he dado cuenta de que no acostumbro a regresar a
los lugares que han sido importantes para mí, aunque, qué curioso, cuando tengo
una excusa, aprovecho la oportunidad para volver. Hace seis años me colocaron
en la solapa la insignia de antiguo alumno de los Maristas, en el mismo salón
de actos del colegio donde estudié la E.G.B. y donde creo que estúpidamente y
sin ninguna razón no había vuelto a entrar desde que salí para estudiar en el
instituto. La vida, ya lo he dicho alguna vez, es como una partida de billar en
la que el taco golpea la bola y ésta empieza a rodar sobre el tapete, choca en
las bandas o con otras bolas sin que nadie pueda adivinar cómo va a terminar la
jugada. Y está bien que así sea. Nadie podía haberme dicho cuando terminaba la
E.G.B o iba al instituto que acabaría estudiando un año en San Francisco de
Paula, pero, ya digo, la bola empezó a rodar y acabé cursando C.O.U. en un
colegio del que había oído hablar a algunos profesores que tuve en el instituto
con el respeto que se tiene por las cosas bien hechas y por lo que se termina
consiguiendo después de mucho esfuerzo. Es el mejor sitio donde puedes estudiar
en Sevilla, me dijeron, pero también el más duro. A lo mejor porque a uno
siempre le han gustado los retos acabó recalando en aquel edificio junto a la
plaza de la Encarnación para comprobar que, como le habían advertido, aprobar
no era fácil y sacar buenas notas tal vez imposible, pero bueno, los retos están para superarlos.
Apenas
he vuelto a tener contacto con mis compañeros de aquel año en San Francisco de
Paula. Veinticinco años son muchos y yo sólo estuve un curso. Por no tener,
creo que ni siquiera tengo una foto de entonces. Pero me siento honrado cuando
se acuerdan de mí para participar en una cena que nos ofrece el colegio a los
que terminamos C.O.U. en 1988. Me colocaron una etiqueta con mi nombre y mis
apellidos en la solapa y ahora la he pegado como recuerdo en la mesa de mi
despacho. La estoy viendo ahora mismo, mientras tecleo esta entrada.
Ya
lo escribía hace poco en esta bitácora: qué extraño que un tipo con una malsana afición a no ser de ningún sitio y a no pertenecer a ningún
grupo acabe encontrándose tan cómodo formando parte de algo mucho más grande,
el orgullo de haber estado allí, aunque sólo fuera un curso, hace veinticinco
años.
© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2013
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