A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...
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La marea
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A menudo
recurro a una frase que me gusta mucho de la espléndida película Náufrago, hacia el final, Tom Hanks sentado frente a la chimenea de la casa de
su amigo después de haber regresado de la isla y le cuenta que cuando estaba
todo perdido y pensaba que jamás regresaría, un día la marea le trajo una vela
para poder escapar de allí. Por eso ahora no debo estar triste, añadía, porque
al final nunca sabes qué puede traerte la marea.
Hace un
par de días andaba atascado en el laberinto del segundo acto de una nueva
novela pero al salir a patear el campo volví con unas cuantas ideas que han
sido como un soplo importante de viento para empujar el barco hasta el final de
la travesía. Ayer por la mañana estaba enfadado y decepcionado por unas cuantas
cosas que no vienen al caso, pero por la tarde recibí un paquete con unos
cuantos ejemplares de la edición en bolsillo de El silencio de tu nombre.
Los escritores, aunque a algunos no se lo parezca, somos personas normales, tan
buenas o tan malas o tan cobardes o tan valientes o tan contradictorias como
cualquiera. Y este oficio puñetero te regala tantas alegrías como decepciones.
Pero a menudo te das cuenta de que merece la pena, y no siempre en forma de
premios, palmadas en la espalda o reconocimiento de los lectores, y te reconcilias
con todo a pesar de las dificultades y sabes que muy probablemente ya no podrás
ser en tu vida otra cosa que un contador de historias.
No suelo leer los libros
después de haberlos escrito: me los sé de memoria y estoy tan aburrido de ellos
como de un familiar o un amigo pesado que siempre se va demasiado tarde cuando
viene de visita. Por eso hace casi dos años que leí El silencio de tu nombrepor última vez, cuando estaba con las últimas correcciones antes de que se
publicara. Pero decía que me llegó una caja con unos cuantos libros, y aunque
sólo había sacado unos pocos para hacer una foto y colgarla en las redes
sociales, luego los había vuelto a guardar todos menos uno que dejé en la mesa
de mi despacho. Al caer la tarde lo abrí, sin saber muy bien por qué, al azar,
sentado en la silla en la que trabajo cada día, y cuando me di cuenta llevaba
dos capítulos, con esa distancia casi siempre imposible para un escritor cuando
ha de enfrentarse a su propia obra. Durante algunos párrafos llegué a
olvidarme de que yo mismo había escrito esas páginas hace tres años y los
disfrutaba como si fueran los de un autor recién descubierto al que pienso
seguir leyendo a partir de ahora. Enseguida vuelves a la realidad y se te
olvida, y te sientes un poco ridículo porque tú eres el autor y porque, si se
te ha olvidado, tu nombre está impreso en la cubierta, pero esos pocos segundos
extraños en que tu trabajo consigue transformarte en uno de los lectores te dejan pensando, con una sonrisa de satisfacción que ya no perderás en
toda la tarde, que tanto esfuerzo al menos tiene una recompensa íntima, impagable,
un placer lejos de los focos y las entrevistas y las presentaciones y las
sonrisas y las palabras amables de la gente. Descubrir, al menos por una
vez, que tú serías uno de esos que compran tus libros.
Quizá sea
eso a lo único que debas aspirar cuando dedicas tu esfuerzo a inventar
historias.
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
A ver cuándo me regalas tu libro. Es una frase que los escritores estamos acostumbrados a escuchar. No sé mis colegas, pero yo casi nunca regalo un libro mío a quien me la suelta, casi siempre amigos que hace mucho que dejaron de serlo o gente que de pronto parece profesarte un empalagoso cariño repentino aunque antes casi nunca te haya dirigido la palabra. Pero también hay unas cuantas personas a las que nunca consiento que compren un libro mío, y lo primero que hago cuando la editorial me manda unos algunos ejemplares (por cierto, para quien no lo sepa: la editorial no regala los libros al escritor. Se los descuenta en la próxima liquidación. Los que le corresponden a él y todos los que han gastado en la promoción) es dedicarlos, meterlos en un sobre y mandarlo por correo, o incluso llevárselo personalmente a sus casas. Muchas de estas personas tan queridas por mí frecuentan este blog y saben que estoy hablando de ellos. A lo mejor es porque toda mi vida he buscado y comprado los lib...
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