Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Mensajes de ultratumba


Parece que una empresa ha hecho posible ese sueño de los aficionados a la parapsicología ―entre los que no me encuentro― de irse al otro mundo y poder seguir comunicándose con los de éste. Lo cuentan en un telediario y me quedo pensando lo buena que me parece la idea. Me apresuro a aclarar, por si alguien que me lee lo está pensando, que no estoy recurriendo al cinismo. Uno de los programas que más me interesa ver cuando alguien ha muerto es Epílogo, en la que la voz de una invisible Begoña Aranguren empieza invariablemente la entrevista recordándole al invitado que se emitirá después de haber fallecido. No hay de morbo en mi interés, sino mucha curiosidad por escuchar a José Luis Sampedro, a Fraga, a Vázquez Montalbán y a tantos otros explayarse a sabiendas de que, cuando la entrevista se emita, ellos ya habrán dicho adiós para siempre.
Según he visto en el telediario este nuevo servicio, que creo recordar es gratuito, permite dejar mensajes a quien quieras para que se los envíen cuando hayas muerto. En la pieza que veo en la tele, en lugar de asustarse la gente que los recibe se siente feliz por recibir un regalo inesperado. Huelga decir que uno no tiene que ser muy mayor o estar enfermo, sino que puede hacerlo en el momento que quiera. A lo mejor se embosca en todo esto un punto macabro, pero quizá supone un alivio para los que se quedan escuchar de ti cosas que quizá no tuviste el valor o el coraje de decirles cuando estabas vivo y pensabas que sería para siempre. Yo no pienso morirme hoy, pero tampoco puedo saber si esta tarde encontraré un conductor suicida en la autopista o me desplomaré en el suelo de un ataque al corazón o si cuando me quede dormido esta noche ya no volveré a despertar. La vida es mucho más frágil de lo que pensamos. Y quizá, aparte de esforzarse en estar en paz con uno mismo y con los demás, no sería mala idea tener preparado un mensaje póstumo para unas cuantas personas que a lo mejor han significado mucho para ti y nunca se lo dijiste.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2014

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