Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El tango de la Guardia Vieja


Hace veintiún veranos que descubrí a Arturo Pérez-Reverte. Como escritor, digo. Ya estaba acostumbrado a verlo en la tele, micrófono en mano en la primera guerra del golfo, y sabía que era el autor de una novela que había sido adaptada al cine, El maestro de esgrima. Lo vi en una entrevista hablar de El club Dumas, que acababa de publicar, y en las páginas de ese libro encontré algo diferente: era entretenido, mucho, estaba muy bien escrito, y además casi todo sucedía en España. He leído, creo, todo lo que ha publicado el maestro Pérez-Reverte ―lo de maestro no es gratuito ni peloteo, sino una manera de mostrar respeto― desde entonces, y también las dos novelas que precedieron a la que protagonizaba Lucas Corso, el cazador de libros: El maestro de esgrima y El húsar. Dos décadas después del primer libro de Pérez-Reverte que leí, no soy el mismo, claro. Supongo que él tampoco. Además, ahora escribo mis propias novelas, el colmillo se me ha retorcido irremediablente, y me cuesta leer las de otros sin detenerme de cuando en cuando a reflexionar si algún pasaje yo lo habría acometido de la misma forma, si existe otra mejor quizá, o la conveniencia de un diálogo. Pero da lo mismo. Uno va cumpliendo años y acumulando libros ―escritos y leídos― y piensa, ingenuo, que ya no será tan fácil sorprenderlo o emocionarlo, hasta que, cuando menos se lo espera, se le coloca en la cara una mueca de lobo satisfecho al llegar al final. Es la que tenía hace un rato, al cerrar la última página de El tango de la Guardia Vieja. Había comprado la edición de bolsillo, en enero, y no había podido leerlo hasta ahora ―una de las paradojas de dedicarte a escribir es que no te queda mucho tiempo para leer todo lo que te gustaría―, pero merece la pena esperar, ya lo creo, si antes o después te sumerges en las páginas de esta hermosa novela.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2014

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla