Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Jalogüinizados


Hace calor, mucho, en el sur. En septiembre y a primeros de octubre diluvió y hacía fresco como en un otoño anticipado que ahora se antoja un espejismo. Pero pronto, tal vez mañana o pasado empiece a hacer frío y al salir a la calle el olor del humo prematuro en alguna chimenea nos vaya acercando un poco más al otoño, o al invierno,  para el que no falta tanto aunque el cielo lo desmienta entre Despeñaperros y Algeciras. Cada año, en esta época en la que el verano nunca se acaba de ir y el otoño  no acaba de llegar, me quedo parado siempre un momento delante de los expositores con los mantecados en el supermercado, tan pronto, y veces me sorprendo probando alguno cuando todavía salgo al campo en pantalón corto y camiseta, como en verano. Pero aún más que los mantecados a destiempo me chocan los adornos de Halloween en España, más todavía en el sur y con este calor. Ayer vi un coche de caballos, tan andaluz y tan tópico, en cuyo asiento alguien había tenido la ocurrencia de colocar una muñeca vestida de bruja y una calabaza. Debe de tratarse de alguna modalidad artística que desconozco. Esta mañana hago un descanso en el trabajo y doy un paseo con mi perro. Luce un sol playero y hace calor, pero en el jardín de una guardería las niñas van vestidas de brujas, con  capas negras y brillantes, y temo que el maquillaje que les habrán puesto sus madres con tanto mimo termine derretido en una gelatina repugnante si el recreo dura demasiado. Al menos he podido regresar a casa sin que una panda de chiquillos disfrazados de brujas y de vampiros me haya preguntado eso de truco o trato. Nunca sé qué responder.


© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2014


Comentarios

Rosa mary ha dicho que…
Hola que tal ,una fiesta que a mi nunca me a gustado no la comprendo

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