Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

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Hace calor, mucho, en el sur. En septiembre y a primeros de octubre diluvió y hacía fresco como en un otoño anticipado que ahora se antoja un espejismo. Pero pronto, tal vez mañana o pasado empiece a hacer frío y al salir a la calle el olor del humo prematuro en alguna chimenea nos vaya acercando un poco más al otoño, o al invierno,  para el que no falta tanto aunque el cielo lo desmienta entre Despeñaperros y Algeciras. Cada año, en esta época en la que el verano nunca se acaba de ir y el otoño  no acaba de llegar, me quedo parado siempre un momento delante de los expositores con los mantecados en el supermercado, tan pronto, y veces me sorprendo probando alguno cuando todavía salgo al campo en pantalón corto y camiseta, como en verano. Pero aún más que los mantecados a destiempo me chocan los adornos de Halloween en España, más todavía en el sur y con este calor. Ayer vi un coche de caballos, tan andaluz y tan tópico, en cuyo asiento alguien había tenido la ocurrencia de colocar una muñeca vestida de bruja y una calabaza. Debe de tratarse de alguna modalidad artística que desconozco. Esta mañana hago un descanso en el trabajo y doy un paseo con mi perro. Luce un sol playero y hace calor, pero en el jardín de una guardería las niñas van vestidas de brujas, con  capas negras y brillantes, y temo que el maquillaje que les habrán puesto sus madres con tanto mimo termine derretido en una gelatina repugnante si el recreo dura demasiado. Al menos he podido regresar a casa sin que una panda de chiquillos disfrazados de brujas y de vampiros me haya preguntado eso de truco o trato. Nunca sé qué responder.


© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2014


Comentarios

Rosa mary ha dicho que…
Hola que tal ,una fiesta que a mi nunca me a gustado no la comprendo

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