Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Francisco González Ledesma


Se ha muerto Francisco González Ledesma y albergo la triste pero me temo que también certera sospecha de que poca gente sabía quién era. En España se lee poco, así que no tiene por qué resultar sorprendente que más allá del gremio literario y de los lectores del finado el nombre de un tipo que ha escrito más de cuatrocientas novelas del Oeste y policíacas no resulte familiar. Si acaso, a los lectores más viejos que compraban novelas baratas en los quioscos les dirá algo el nombre de Silver Kane, el exótico pseudónimo con que el escritor catalán firmó casi todas esas obras.
Viajo a Barcelona con frecuencia, pero nunca conocí en persona a Francisco González Ledesma a pesar de que acostumbraba a pasarse los sábados a probar el vino y los mejillones en la librería Negra y criminal, ese templo que los amantes de la novela policíaca del pintoresco barrio de la Barceloneta. Pero yo padezco una manía congénita que me empuja a escaquearme de la mayoría de los actos a los que me invitan, tiendo a rehuir de los saraos donde se juntan escritores y no puedo evitar sentirme ridículo si me hacen una foto junto a los que saben de verdad de qué va este oficio. 
Quienes trataron a González Ledesma me hablaron muy bien de él. Me gusta mucho la foto que ilustraba ayer en El País un recorrido por su larga vida y su prolífica obra, a veces secuestrada por la censura: el novelista encorvado frente a una máquina de escribir, en la penumbra de su despacho; los muebles antiguos, las fotos en blanco y negro enmarcadas y algún diploma, sumergido en su mundo mientras la vida pasa al otro lado de esa cortina arremangada de mala manera por la que se cuela la luz.
Escribir no tiene nada que ver con la fama, ni con las entrevistas en la tele o firmar autógrafos. El oficio de escritor no es sino esta foto de Francisco González Ledesma: encerrarte a teclear cada día, luchar para acomodar las palabras en una frase, y luego otra, y otra más, por pura obstinación quizá, hasta conseguir terminar una novela, y luego vuelta a empezar. 



© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2015

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