Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Dejad que los niños se acerquen a mí


    Será porque pienso que aún tiene toda la vida por delante para que le sonría la suerte, todavía más que la tristeza de un niño me conmueve la de un anciano. Mi abuela es igual que una niña con muchas arrugas en la cara, me dijo una amiga hace muchos años. Creo que tenía razón: al cabo, las personas mayores y los críos no son tan diferentes en su fragilidad, en los tiernos ramalazos caprichosos y los brotes de alegría sinceros. En una sociedad donde los niños se me antojan saturados de estresantes actividades extraescolares y muchos abuelos acaban arrinconados en geriátricos, alegra encontrar una iniciativa, no sé si novedosa pero sin duda acertada, en la que una guardería se ha instalado dentro de una residencia de ancianos, un espacio en el que los chiquillos pueden estar jugando todo el rato con personas que les sacan siete u ocho décadas, y a las que sin saberlo les alegran el día.
En Seattle están de enhorabuena. La idea es tan sencilla que debería extenderse como un virus por todos sitios. Como en una curiosa simetría, muy cerca de donde vivo hay dos guarderías y dos geriátricos. En la primeras, el murmullo alborozado de pajarería de los chiquillos al salir al patio; en los segundos, el silencio triste de los ancianos mirando el corto horizonte desde la silla de ruedas. Qué bueno sería que los cuatro edificios no fueran sino uno, que al menos durante un rato al día la vida fuera la misma fiesta para los que acaban de llegar y para los que están a punto de marcharse. 



© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2015

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