Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

James Salter


  Abundan en los periódicos estos días los panegíricos sobre el escritor norteamericano James Salter, y se me antoja con menos tristeza que resignación que al gran público su nombre no le suena de nada. No sin cierta malevolencia me atrevo a pensar que más de uno habrá leído su nombre por descuido, aunque tenga cierto dominio de la lengua inglesa, de una forma castellanizada, como el del famoso jugador del Real Madrid. Unas pocas líneas más arriba he escrito “gran público”, y cabría preguntarse si calzar ese concepto en la misma frase en la que se mencione a un escritor no será sino una descomunal contradicción. Pero eso daría para otro post.
De su fallecimiento me enteré ayer, al leer sendos artículos del escritor Eduardo Lago y de Sigrid Kraus, su editora en Salamandra, en El País. Me quedo con una frase de su editora: “...era un hombre modesto, que prefería hacer preguntas a hablar de sí mismo, lo que tal vez fuera un rasgo que hizo más difícil su reconocimiento en un mundo donde lamentablemente cada vez hay que hacer más ruido para ser valorado”.
  Hace unos días dije algo parecido cuando le concedieron a Leonardo Padura el Princesa de Asturias, premio al que James Salter también optó el año pasado y terminó ganando otro espléndido novelista: el irlandés John Banville. Antes que a los que hacen tanto ruido innecesario en la redes sociales, prefiero a los escritores que escriben. Y esto no es una redundancia descuidada, es una declaración de intenciones. Observo con cierto alipori la manera en la que muchos colegas tratan de buscar lectores en Internet: encendiendo polémicas, llamando la atención de alguien más famoso con la esperanza de que le devuelva el dardo y tal vez más seguidores, solicitando amistad en Facebook a cualquier lector potencial o bloguero al que hacer la pelota... De alguna manera, todos los escritores de la era 2.0 estamos sometidos a una sobreexposición que a menudo resulta poco saludable, pero, aunque parezca antipático, y el otro día se lo comentaba a una bloguera que había reseñado alguna novela mía, estoy convencido de que el escritor ha de marcar una distancia prudente entre sus lectores y él, y sobre todo entre él y quienes reseñan sus obras.
James Salter sólo había escrito seis novelas y dos colecciones de relatos a lo largo de su vida, lo que la mayoría de los escritores de ahora se mataría por publicar en una década. Yo mismo he publicado seis novelas y un libro de cuentos en los últimos diez años, sin contar otra novela que se publicará en 2016 y una recopilación de cuentos aún inédita, pero cada vez estoy más convencido de la conveniencia de publicar menos, de publicar más despacio, sin prisas; el mundo no se va a terminar porque tardes un año más ―o dos, o tres― en publicar un nuevo libro.
Muchas veces me pregunto si hubiera nacido unas pocas décadas antes qué tipo de escritor sería.

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2015

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