A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...
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Diez días que estremecieron al mundo
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Tengo una costumbre que a
muchos les cuesta entender: compro libros y a menudo reposan en la estantería
durante años, cambian de casa conmigo y acaban colocados en otros muebles,
junto a nuevos compañeros que ya he leído o esperan su turno. La experiencia me
ha enseñado que no es un mal hábito, y tampoco nocivo, salvo para el
bolsillo y la espalda después de cargar con ellos en tantas mudanzas. Con el
tiempo he terminado pensando que un motor invisible, tal vez lo que llamamos
instinto, me señala ciertos libros que debo adquirir porque alguna vez, sin que
yo lo sepa todavía, necesitaré leerlos. La experiencia me ha enseñado también
que los libros, cada vez más, igual que la ropa, pasan de moda o no se venden
lo que algunos editores y libreros impacientes quieren y, salvo unos pocos
escogidos por la fortuna, enseguida son retirados para ser sustituidos en las
mesas de novedades por otros que, con toda probabilidad, correrán la misma
suerte nefasta. En 2004, con La clave Pinner recién publicada y
empezando a escribir El síndrome de Mowgli, fui acaparando todo lo que
se publicaba sobre Albert Einstein, con la idea aún confusa de una novela en la
que debía aparecer el genio de la Física. Aún tardaría dos años en escribir El factor Einstein, y entonces no podía saber si escribiría esa novela, pero
me gusta dejarme llevar por ese instinto que me dice qué libros debo comprar,
aunque todavía no sepa por qué.
Ando liado con la documentación
de una nueva novela, y entre la docena de libros que manejo hay uno que compré
hace veinticinco años (tengo la costumbre de escribir la fecha en la primera
página): Diez días que estremecieron al mundo, del periodista norteamericano
John Reed, testigo privilegiado de la Revolución de 1917; el único americano,
según tengo entendido, que está enterrado junto a los muros del Kremlin. Los
cinéfilos recordarán a este tipo tan singular en los rasgos de Warren Beaty en Reds,
película con la que además el actor ganó el Oscar por la dirección. Leo estos
días el libro de John Reed y no soy capaz de recordar el impulso que me llevó a
comprarlo hace veinticinco años, sin saber que algún dia lo abriría para crear una nueva aventura.
Por aquí dejo esta reseña que apareció en la web LETRAS. La firma Francisco Vélez Nieto, a quien aprovecho para saludar y dar las gracias desde aquí.
Y, por cierto, antes de que nadie empiece a pensar mal. No conozco de nada a Francisco Vélez Nieto, nunca nos han presentado ni, que yo sepa, tenemos intereses comunes. Y lo mismo me sucede con la mayoría de los críticos que hablan de mis libros. Esto viene a cuento por varios comentarios que cierta gente malitencionada ha dejado en la entrada de un blog donde han reseñado El violinista de Mauthausen . Vale que me tiren piedras a mí, y si alguien piensa que el libro no merecía siquiera haber sido publicado, pues estupendo, cada uno tiene su opinión, y si a un crítico no le gusta mi trabajo no tengo nada que objetar. Pero los malos modales siempre me han incomodado (en la calle, al volante, en la barra de un bar o por escrito) y que se roce el insulto con la gente que lee mis libros no lo puedo tolerar, y tampoco que se lance una sombr...
(Este artículo está escrito en versión "traducida" más abajo, por si alguien no lo entiende bien. Monze, yo también zoy andalú Hoy no te hablo a ti, Crihtoba, zino a Monzerrá Nebrera. Bueno, Monze, zupongo que pa lohamigo, porque azín ze llama en zu bló. Vamoh a veh, Monze, miarma, cómo te lohplico paquementiendah bien. Rezurta que yo también zoy andalú, y aunque no me guhta ni er rosío, ni la zemana zanta ni la feria hay una coza que rivindico con orgullo ca ve que voy Dehpeñaperro arriba, y eh mi asento, fíhate. A mí me guhta hablá en andalú, y aunque podría hablá zin asento zi me lo propuziera, pa mí zería una impohtura tan ehtúpida como zi hablaze en otridioma, como zi lisiera en inglé o en alemán, por sierto, Montze, que ezoh doh idiomah a pezá dabehme criao en Zevilla tambié loh hablo, y zobre tó el inglé zin ningún rahtro de asento andalú, quería mía. Ya te digo, Montze, que entre encorzertarme cuando hablo en cahtellano pa que tú mentienda o hablá er mihmo andalú qu...
Pues ya no hay vuelta atrás. El libro se está distribuyendo, y me espera una gira promocional que me va a llevar por unas cuantas ciudades españolas. También nos vamos dentro de poco con una veintena de periodistas a Austria, para hacer algunos reportajes en el campo de exterminio de Mauthausen. Vienen diarios, suplementos dominicales, revistas, televisiones... Da un poco de vértigo pensarlo, pero bueno, no se me ocurre otra forma mejor de que los lectores se enteren de que El violinista de Mauthausen ya está aquí. Pero todo eso vendrá después. Lo primero, y como no podía ser de otra forma, será la puesta de largo en Sevilla. El próximo miércoles, 4 de noviembre, a las 12,30 h estaremos en el Ateneo (c/ Orfila, 7, Sevilla), presentando El violinista de Mauthausen y Amerika , la novela de Lorenzo Luengo ganadora del Ateneo Joven. Luego habrá una copa. Es una rueda de prensa, pero puede asistir todo el que quiera. Allí estaremos.
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