A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...
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Diez días que estremecieron al mundo
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Tengo una costumbre que a
muchos les cuesta entender: compro libros y a menudo reposan en la estantería
durante años, cambian de casa conmigo y acaban colocados en otros muebles,
junto a nuevos compañeros que ya he leído o esperan su turno. La experiencia me
ha enseñado que no es un mal hábito, y tampoco nocivo, salvo para el
bolsillo y la espalda después de cargar con ellos en tantas mudanzas. Con el
tiempo he terminado pensando que un motor invisible, tal vez lo que llamamos
instinto, me señala ciertos libros que debo adquirir porque alguna vez, sin que
yo lo sepa todavía, necesitaré leerlos. La experiencia me ha enseñado también
que los libros, cada vez más, igual que la ropa, pasan de moda o no se venden
lo que algunos editores y libreros impacientes quieren y, salvo unos pocos
escogidos por la fortuna, enseguida son retirados para ser sustituidos en las
mesas de novedades por otros que, con toda probabilidad, correrán la misma
suerte nefasta. En 2004, con La clave Pinner recién publicada y
empezando a escribir El síndrome de Mowgli, fui acaparando todo lo que
se publicaba sobre Albert Einstein, con la idea aún confusa de una novela en la
que debía aparecer el genio de la Física. Aún tardaría dos años en escribir El factor Einstein, y entonces no podía saber si escribiría esa novela, pero
me gusta dejarme llevar por ese instinto que me dice qué libros debo comprar,
aunque todavía no sepa por qué.
Ando liado con la documentación
de una nueva novela, y entre la docena de libros que manejo hay uno que compré
hace veinticinco años (tengo la costumbre de escribir la fecha en la primera
página): Diez días que estremecieron al mundo, del periodista norteamericano
John Reed, testigo privilegiado de la Revolución de 1917; el único americano,
según tengo entendido, que está enterrado junto a los muros del Kremlin. Los
cinéfilos recordarán a este tipo tan singular en los rasgos de Warren Beaty en Reds,
película con la que además el actor ganó el Oscar por la dirección. Leo estos
días el libro de John Reed y no soy capaz de recordar el impulso que me llevó a
comprarlo hace veinticinco años, sin saber que algún dia lo abriría para crear una nueva aventura.
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
A ver cuándo me regalas tu libro. Es una frase que los escritores estamos acostumbrados a escuchar. No sé mis colegas, pero yo casi nunca regalo un libro mío a quien me la suelta, casi siempre amigos que hace mucho que dejaron de serlo o gente que de pronto parece profesarte un empalagoso cariño repentino aunque antes casi nunca te haya dirigido la palabra. Pero también hay unas cuantas personas a las que nunca consiento que compren un libro mío, y lo primero que hago cuando la editorial me manda unos algunos ejemplares (por cierto, para quien no lo sepa: la editorial no regala los libros al escritor. Se los descuenta en la próxima liquidación. Los que le corresponden a él y todos los que han gastado en la promoción) es dedicarlos, meterlos en un sobre y mandarlo por correo, o incluso llevárselo personalmente a sus casas. Muchas de estas personas tan queridas por mí frecuentan este blog y saben que estoy hablando de ellos. A lo mejor es porque toda mi vida he buscado y comprado los lib...
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