Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Qué grande es Spielberg


Una de las preguntas que los periodistas o los lectores acostumbran a formularte cuando te ganas los garbanzos pergeñando historias es cuáles son los elementos que debe tener una novela para llegar a la gente. Eso es imposible saberlo, respondo (si hubiera una respuesta todos los libros serían best sellers), pero yo creo que una novela ha de apoyarse en tres pilares: estar bien escrita, una cuestión moral sobre la que reflexionar y ser entretenida. Parece fácil, ¿verdad? Pues no: conseguirlo resulta mucho más complicado de lo que parece y tal vez esté al alcance de sólo unos pocos.
El cine que me gusta ha de contener básicamente lo mismo: una buena historia, algo sobre lo que reflexionar y, si es posible, entretenimiento. Además de buenas interpretaciones, fotografía, música, y todos los aderezos que se le puedan añadir, por supuesto. Desde hace muchos años, pocos directores me obligan a revolverme en la butaca como Steven Spielberg: Tiburón, La lista de Schindler, Minority report, Múnich o la última suya que he visto, El puente de los espías. No me gustan todas sus películas, claro que no, y estas cinco son mis favoritas. Avizoro que El puente de los espías no será de las más taquilleras de Spielberg, pero qué importa. Tampoco las espléndidas Minority report o Múnich lo son. Basta la presentación de los dos personajes principales (el espía pintor y el abogado incansable) para necesitar un babero,  la dura crítica a la propaganda antisoviética durante la Guerra Fría o el pragmatismo tenebroso de la CIA (por más que algunos se empeñen en criticar una mirada simplista que se resume en rusos malos y norteamericanos buenos), o un solo plano del atribulado pero decidido Tom Hanks (para hablar de este monstruo necesitaría otro post) en el Berlín donde se acaba de levantar el muro.
Ya sé que las Navidades son las fiestas más propicias para ir a ver la última de La Guerra de las galaxias. Nada que objetar, pero no os perdáis El puente de los espías: tiene todo lo que decía más arriba que le pido a una película: algo que contar, es entretenida, y una cuestión moral sobre la que reflexionar, mucho más compleja de lo que ya se adivina en cuanto empiezas a escarbar.




© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2015


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