Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Empatía


Por muchos años que pasen jamás me acostumbraré a esto, me dice la veterinaria cuando entra en la consulta. Tiene los ojos enrojecidos. Unos pocos minutos antes, al sentarme en la sala de espera, dos chicas salían de la clínica sollozando. No hay que hacer muchas cábalas porque el ambiente es de velatorio. Una perra con quince años, me cuenta, antes de examinar a Mowgli. Hay que sacrificarla. Hemos luchado hasta al final por ella, pero ya no podemos hacer nada. Mi perro lleva todo el rato más tranquilo de lo que acostumbra en el veterinario, y es raro, porque el festival de olores y la presencia de otros perros suele trastornarlo. En la consulta también. Alguna vez, cuando le han mirado las orejas o ha habido que sacarle sangre se ha revuelto como un tigre y he tenido que sentarme encima de él para que no dejara la habitación igual que después de un terremoto sin supervivientes. La veterinaria también se extraña de su tranquilidad y se agacha para ver cómo está. Siempre lo hace en el suelo porque pesa demasiado para subirlo a la mesa. Se coloca frente a él y Mowgli la mira a los ojos. Empieza a lamerle la cara, despacio, con cariño desarmante. Nunca antes lo había hecho. Ella lo abraza y empieza a darle besos y me dice lo que le pasa antes de volver a achucharlo. Se ha dado cuenta de que estoy triste.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2016


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