Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Empatía


Por muchos años que pasen jamás me acostumbraré a esto, me dice la veterinaria cuando entra en la consulta. Tiene los ojos enrojecidos. Unos pocos minutos antes, al sentarme en la sala de espera, dos chicas salían de la clínica sollozando. No hay que hacer muchas cábalas porque el ambiente es de velatorio. Una perra con quince años, me cuenta, antes de examinar a Mowgli. Hay que sacrificarla. Hemos luchado hasta al final por ella, pero ya no podemos hacer nada. Mi perro lleva todo el rato más tranquilo de lo que acostumbra en el veterinario, y es raro, porque el festival de olores y la presencia de otros perros suele trastornarlo. En la consulta también. Alguna vez, cuando le han mirado las orejas o ha habido que sacarle sangre se ha revuelto como un tigre y he tenido que sentarme encima de él para que no dejara la habitación igual que después de un terremoto sin supervivientes. La veterinaria también se extraña de su tranquilidad y se agacha para ver cómo está. Siempre lo hace en el suelo porque pesa demasiado para subirlo a la mesa. Se coloca frente a él y Mowgli la mira a los ojos. Empieza a lamerle la cara, despacio, con cariño desarmante. Nunca antes lo había hecho. Ella lo abraza y empieza a darle besos y me dice lo que le pasa antes de volver a achucharlo. Se ha dado cuenta de que estoy triste.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2016


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