Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Borrar la sonrisa

    Si se te instala una sonrisa en la cara que nadie será capaz de borrar, merece la pena, ya lo creo, recorrer algo más de doscientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ir a ver una obra de teatro. No siempre tienes la oportunidad de sentarte en las mismas piedras de las gradas de un teatro donde hace dos mil años se sentaron otros espectadores, como tú, y tal vez también emocionados cuando flameaban las luces de las antorchas antes de empezar la función. Hay cosas que por estar tan al alcance de la mano corremos el riesgo de no darnos cuenta del privilegio que supone disfrutarlas. Alejandro Magno, que se representa esta semana en el teatro romano de Mérida, vale la pena. Eso ya lo he dicho al principio. Pero en un lugar así la función es lo de menos. Es el marco lo que verdad importa. La sonrisa imborrable en la cara, como un niño feliz. La emoción es tan intensa que no te importan los kilómetros recorridos ni los que tendrás que recorrer a la vuelta, ni el tipo tan grande, tan gordo y tan maleducado que ha bajado por la grada con la función ya empezada ―seguro que sin entradas porque alguien lo ha dejado pasar o desde una parte más lejos del escenario porque ha visto un sitio libre― y se ha encarado con una mujer que lo estaba mirando. Te alegras de no haberte enterado y de que te lo cuenten en el viaje de vuelta, porque estabas muy cerca y las tripas te hierven, tanto que hasta puedes oír las burbujas, cuando de malos modales se trata. Pero nada puede robarte la sonrisa anoche, decía; nada te puede impedir aplaudir, de pie, hasta que te duelen las manos, no sólo porque Félix Gómez y sus compañeros de reparto lo han hecho muy bien, sino porque durante dos horas sentado bajo las estrellas el mundo se ha parado. Es muy tarde cuando por la radio del coche te enteras de lo que ha pasado en Niza. Qué frívolo te parece de repente haber disfrutado tanto, ajeno a esa tragedia. Qué pena que un hijo de puta, o muchos, cualquiera sabe, haya sido capaz de cancelar tu sonrisa cuando menos te lo esperabas.


© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2016

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