Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Premios polémicos



La semana pasada se fallaron dos premios a los que a menudo acompaña la polémica: parece que a los suecos les va la marcha y, permitidme el fácil juego de palabras, Bob Dylan les ha correspondido haciéndose el sueco. Con el premio Nobel a Bod Dylan tengo sentimientos encontrados: por una parte, me parece bien que se valore la poesía convertida en canción y se popularice un galardón que demasiadas veces suele descu

brir a un autor ―a menudo por razones políticas o de justicia geográfica― antes que reconocer una carrera; por otro lado, dudo que la dimensión del poeta Bob Dylan fuera la misma sin la muleta imprescindible de la música, y eso resulta injusto para quienes batallan con la única ayuda de la pluma y el papel. 
Unos pocos días después se celebró la gala de otro premio, el Planeta, que también suele ir acompañado de polémica. He de confesar que nunca había oído el nombre del finalista ni sabía de su obra, pero sí de Dolores Redondo, porque lleva vendidos muchos, muchísimos ejemplares, de su trilogía ambientada en el valle de Baztán. No conozco personalmente a Dolores Redondo y, aunque la curiosidad no deja de crecer, he de confesar que aún no he leído ninguno de sus libros. Tiene mucho sentido que una autora superventas, y que además publica en la casa, pueda acceder a un premio como éste. No entiendo ni comparto la mala baba que algunos de los colegas de letras han vertido en las redes sociales estos días sobre la obra de la escritora premiada y los organizadores del premio. Un premio que, en muchos casos, y aunque lo nieguen, estarían encantados de ganar. Escribir es un oficio hermosísimo pero, a poco que uno se descuide, empieza a compararse con los colegas que venden más y a buscar argumentos que se reducen solapadamente al tan manido por qué él y no yo (ella, en este caso). Y, al cabo, las redes sociales son un altavoz de la miseria, de la amargura que a muchos escritores les provoca el éxito de los demás.


© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2016

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