Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

¿Tú qué escribes?


Vaya por delante que la mayoría de la gente es amable, y que uno ha tenido la suerte de contar con lectores fieles desde su primera novela, que ni la prensa ni la crítica lo ha tratado mal y que, además de halagador, pocas cosas resultan más reconfortantes en este oficio que el entusiasmo de un lector agradecido. Pero he de confesar que sucede a menudo: cuando alguien te presenta, con buena voluntad añade pomposamente el calificativo de escritor, y la persona a la que acabas de conocer se queda mirándote un instante, preguntándose si tu cara o tu nombre deberían sonarle. Teniendo en cuenta la afición lectora de este país, se trata de una cuestión estadística: un encuentro casual entre un escritor y sus lectores es poco menos infrecuente que ganar la lotería. Como estás acostumbrado al ritual, ya que no has podido escaquearte, te armas con una sonrisa. Muchas veces, la persona que te acaban de presentar te pide que repitas el nombre y, como un colegial que aún no sabe vocalizar, vuelves a decírselo, más despacio, aunque sin mucho entusiasmo, porque te sabes la conversación de memoria: lo siento, no me suena; yo es que leo poco, no tengo tiempo, y cuando leo suelen ser cosas relacionadas con mi trabajo, o cosas de egiptología, o de astrología, o de temas sevillanos (en Sevilla pasa muchas veces). Pero buscaré tus libros, añade, ¿dónde puedo encontrarlos? Y entonces entiendes por qué cada día cierran dos librerías en España: algunos lectores no saben que existen unos lugares donde los libros se pueden comprar. A veces, si la persona a la que acabas de conocer no se ha percatado de tu cara de póquer, te pide que le recites, otra vez como un párvulo, los títulos que has publicado, pero has decidido que ya tienes bastante. Ahora que conoces mi nombre puedes buscarme en Google, le explicas. Ahí está toda la información que necesitas: títulos, entrevistas en la prensa, tele, radio, reseñas... Tienes unas cuantas novelas donde escoger. Lo mejor es que lo decidas tú.
El marketing no es lo mío, vaya. Alguno incluso te lo dice: anda que así vas a vender libros... Yo es que no los vendo, respondo. Los escribo. Lo más sensato es inventarte una profesión y, cuando te presenten como escritor a alguien que no tiene ningún interés en los libros en general y en los tuyos en particular, mantener la sonrisa y decir que se trata de una broma, que en realidad eres astronauta, sexador de avestruces, observador paciente de nubes, gigoló en paro. Y todos contentos.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2016

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