Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Lo único que queda

Un libro se publicará o no, tendrá más o menos lectores, contará con el favor de la crítica o pasará desapercibido. Con el tiempo comprendes que todo eso es secundario y aceptas, felizmente, que, a pesar de los sinsabores y trabas del oficio, escribir supone ventajas innegables. Para mí, una de las mejores es que cada nuevo proyecto se parece a estudiar un máster en el que aprendes muchísimo. Estoy convencido de que soy una persona distinta, y espero que mejor, tras haber leído tantos libros sobre el espionaje en la IIGM para escribir La clave Pinner y haberme pateado tantas veces el barrio de Triana por las mismas calles que mis personajes; haber visto tantos combates de boxeo, estudiar sus reglas y viajado a Lisboa para encontrar el destino de mi querido Rafa Montalbán, el protagonista de El síndrome de Mowgli; empaparme sobre la vida del físico más famoso, cruzar el Atlántico para encontrar la casa donde pasó el verano de 1939 y leer mucho sobre el comportamiento de las partículas subatómicas para escribir El factor Einstein; devorar testimonios de supervivientes del Holocausto y visitar campos de exterminio para escribir El violinista de Mauthausen; buscar concienzudamente pruebas del apoyo del gobierno de Franco a los nazis huidos tras la guerra y recorrerme una y otra vez las mismas calles de Madrid por las que transitaban el capitán Navarro, Erika Walter o Gregorio León en El silencio de tu nombre; pasar muchas horas hablando con policías y visitando comisarías para escribir Los dioses cansados
La nueva aventura de Gordon Pinner que ahora ando escribiendo es un ambicioso proyecto que, cuando ni siquiera está mediado, ya me ha llevado a recorrer 12.000 kilómetros y a leerme con atención de opositor una docena de libros. Ahora estoy a punto de zamparme este tocho de casi 1.000 páginas sobre la dinastía de los Romanov porque, aunque en la novela apenas se verá la punta del iceberg (no, no es una broma gratuita teniendo en cuenta que buena parte de la trama sucede en la Unión Soviética), seguro que encontraré algo interesante, algo inesperado también. 
Dicen que las buenos libros son los que te sacuden por dentro, los que te han vuelto una persona distinta una vez leídos. Puede ser. Pero estoy seguro de que si un escritor sigue siendo el mismo tras haberse pasado un par de años conviviendo con fantasmas que le rondan por su cabeza, si no ha aprendido algo, principalmente sobre sí mismo, entonces su trabajo no habrá servido de mucho.

Andrés Pérez Domínguez, enero de 2017

Comentarios

Alfonso Martin Erro ha dicho que…
Yo veo la escritura como un gran viaje, a veces con numerosos obstáculos, pero siempre enriquecedor, y que te hace cambiar siempre.

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