Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El sofá de los raros


Sala de espera de un hospital. Tengo que buscar acomodo mientras le hacen una prueba a una persona muy querida. Es la tercera planta, con vistas al campo, tan lejos del bullicio de abajo que casi parece la recepción de un hotel vacío. Sólo falta el hilo musical. Uno de los sofás está frente a la cristalera por la que pueden verse varios huertos, con líneas de olivos verdeazulados, terrones secos y alguna envidiable piscina. La estampa cualquiera del campo andaluz en esta época del año: calor y encanto, sudor y alegría. Me acomodo en ese sofá, el sitio perfecto para aislarte. Sólo hay tres o cuatro personas. Todas móvil en mano. Pongo el mío en vibrador, como si a alguien le importara que suene, y mi hermana me llama para preguntar si todo bien. La informo y abro un libro, de espaldas a los que pasan el dedo por la pantalla del móvil para no perderse una conversación por whatsapp, para no dejar de estar al día en las redes sociales. Siento que cualquiera que me mire va a pensar que me he sentado en el sofá de los raros. O que he venido para me vea un psicólogo y como soy tan raro me pongo a leer un libro mientras espero. Apenas llevo tres o cuatro páginas y he subrayado alguna frase que me gusta, para eso traigo un lápiz y en el sofá de los raros uno puede permitirse algunas excentricidades, pero ha venido más gente a la sala de espera. Desde el sofá de los raros me entero del calor que ha pasado una mujer en el camino del Rocío, de lo bien que debe de bailar sevillanas su sobrina y de la sospecha de cuernos en un matrimonio amigo, no sé si durante la romería o en cualquier otra época del año. Me gustaría seguir leyendo, pero ya es imposible. Tampoco tengo interés en las cuitas rocieras. Resignado, saco los auriculares y el móvil y enciendo la radio. Al menos el murmullo consigue aislarme. Ya he contado que me he sentado en el sofá que me corresponde.




© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017

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