Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La dificultad



Un amigo me preguntaba hace un par de días por mi nueva novela. Chasqueé la lengua, incómodo, sacudí la cabeza. Ahí ando, le respondí, que es lo máximo que acostumbro a contar cuando estoy atascado, no sólo en el trabajo, sino en la vida en general. No suelo dar muchas explicaciones. Por coherencia, tampoco las pido. Pero Alfonso es un chaval al que aprecio y me explayé un poco: estoy peleándome con ella, añadí; ya veremos quién gana... Alfonso, que además es compañero de tatami, sonreía, convencido de mi victoria mucho más de lo que yo puedo estarlo. No creo haber escrito nunca un libro, y ya van unos cuantos, sin que la incertidumbre y el desánimo estén ahí agazapados, esperando a que bajes la guardia. Aún queda la mitad del trabajo por hacer, pero hay días que me cuesta avanzar ―el calor y el verano no ayudan― porque se me ocurren o descubro cosas nuevas y para hacerles hueco he de descartar otras ya escritas y encajadas. Es un continuo cambio de párrafos estos días, de añadir personajes nuevos y quitar otros para al día siguiente, tras recapacitar y consultarlo con la almohada ―este trabajo no es bueno para quienes padecemos episodios de insomnio―, rescatarlos y volver a colocar en su sitio.

Al final lo consigues, claro. Es la única certeza que puedes tener en este oficio, lo he dicho más de una vez: por muchas dudas y por muchas ganas de arrojar la toalla que tengas, al final sabes que lo conseguirás. Es eso lo que te empuja a continuar. Eso y el amor propio, la ilusión de hacerlo mejor que la última vez aunque quizá esa sea la principal dificultad porque cada vez te pones el listón más alto y la exigencia es mayor ―sí, cada nueva novela, por raro que parezca, es mucho más difícil de escribir que la anterior―; y también sigues adelante ―también y quizá sobre todo― porque no quieres decepcionar a los amigos que creen en ti.




© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017

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