Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La dificultad



Un amigo me preguntaba hace un par de días por mi nueva novela. Chasqueé la lengua, incómodo, sacudí la cabeza. Ahí ando, le respondí, que es lo máximo que acostumbro a contar cuando estoy atascado, no sólo en el trabajo, sino en la vida en general. No suelo dar muchas explicaciones. Por coherencia, tampoco las pido. Pero Alfonso es un chaval al que aprecio y me explayé un poco: estoy peleándome con ella, añadí; ya veremos quién gana... Alfonso, que además es compañero de tatami, sonreía, convencido de mi victoria mucho más de lo que yo puedo estarlo. No creo haber escrito nunca un libro, y ya van unos cuantos, sin que la incertidumbre y el desánimo estén ahí agazapados, esperando a que bajes la guardia. Aún queda la mitad del trabajo por hacer, pero hay días que me cuesta avanzar ―el calor y el verano no ayudan― porque se me ocurren o descubro cosas nuevas y para hacerles hueco he de descartar otras ya escritas y encajadas. Es un continuo cambio de párrafos estos días, de añadir personajes nuevos y quitar otros para al día siguiente, tras recapacitar y consultarlo con la almohada ―este trabajo no es bueno para quienes padecemos episodios de insomnio―, rescatarlos y volver a colocar en su sitio.

Al final lo consigues, claro. Es la única certeza que puedes tener en este oficio, lo he dicho más de una vez: por muchas dudas y por muchas ganas de arrojar la toalla que tengas, al final sabes que lo conseguirás. Es eso lo que te empuja a continuar. Eso y el amor propio, la ilusión de hacerlo mejor que la última vez aunque quizá esa sea la principal dificultad porque cada vez te pones el listón más alto y la exigencia es mayor ―sí, cada nueva novela, por raro que parezca, es mucho más difícil de escribir que la anterior―; y también sigues adelante ―también y quizá sobre todo― porque no quieres decepcionar a los amigos que creen en ti.




© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla