Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

¿Emoción o análisis?


(Si no habéis visto Juego de tronos y tenéis intención de verla, no leáis este post. Avisados estáis...)
Muchos espectadores se han sentido decepcionados con algún episodio de la penúltima temporada de Juego de tronos. Traicionados, quizá: suelen ocurrir estos disgustos cuando lo venerado no alcanza las expectativas. Yo no me encuentro entre ellos, ni siquiera porque el colmillo se me haya retorcido irremediablemente de tanto inventar historias. Juego de tronos cada vez me gusta más, y esta temporada que concluyó el otro día es de las que más he disfrutado. Sí, vale, las elipsis son tramposas y todo el mundo no tiene por qué hacer la vista gorda. Pero me puede la emoción de lo que va a pasar aunque lo intuya, o quizá, precisamente, porque lo intuya. Adoro a la mayoría de los personajes, y los que se me atragantan acaban desapareciendo como merecen. También han desaparecido muchos que habrían merecido mejor suerte, pero quién ha dicho que la ficción tenga que ser justa si la vida no lo es. Jon Nieve es demasiado noble, de acuerdo, pero a lo mejor hacía falta alguien que tomara el testigo del ya lejano y tal vez olvidado Luke Skywalker. Si las niñas Stark han sufrido tanto, ¿cómo no vas a perdonarles su frialdad? Jamie Lannister era un hijo de puta que empezó a caerme bien cuando le cortaron una mano, y esta temporada me he revuelto un par de veces en el sofá para que no se lo cepillara el aliento de un dragón o su hermana vengativa. Me encanta cuando se tapa la mano ortopédica de oro y se marcha solo, esperemos que al peligroso norte, para terminar de redimir sus pecados. Desde la primera temporada, mi favorito es Tyrion, el enano cínico (la ironía, dicen, no es sino amargura destilada): fascinante cuando observa la batalla y murmura a su hermano que se largue aunque el Matarreyes ni siquiera sepa que está allí; fascinante también el diálogo con Cersei en el último episodio. Y ese dragón zombi demostrando que a la hora de la verdad los muros no sirven de nada; y Jon Nieve llamando a la puerta de Daenerys... Yo prefiero disfrutar de todo eso sin preocuparme de los tiempos acortados o de las distancias imposibles de recorrer. Es como ir a un concierto y malgastar el tiempo buscando los fallos de cada músico en lugar de disfrutar del espectáculo. El exceso de análisis te impide pasarlo bien, me temo. Puede que no tenga razón, pero es que nunca he servido para crítico. Y cuando me emocionan soy capaz de perdonarlo casi todo.


© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2017

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