Oye, chaval

Imagen
A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Empacho de banderas


        
No tengo nada en contra de esas telas coloridas que manifiestan el entusiasmo o la pertenencia a un grupo, a un territorio o a una ideología concreta o confusa, pero salgo a la calle y me doy cuenta de que estoy empachado de banderas. Una cosa es verlas amodorrado en el sillón durante el telediario y otra toparte con ellas al dar un paseo. Que cada cual decore el balcón de su casa estos días como le plazca, pero que no cuenten conmigo. Nunca he tenido una bandera guardada en un cajón. Al cabo, lo que me cansa no es un trozo de tela, sino la intención de quien la coloca en su balcón o se la anuda al cuello como una burda capa. Hace unos pocos días, en Normandía, me gustó ver que en bastantes casas francesas de la costa ondeaban orgullosas banderas norteamericanas, supongo que por el agradecimiento genuino de la gente al sacrificio aún patente en las estremecedoras cruces blancas del cementerio de Omaha beach. Pero ésa es otra historia. No marearé más la perdiz: me molestan las banderas que antes que una filiación, respetable o no, expresan el rechazo a lo contrario; las que en lugar de sumar restan por mimetismo o por ignorancia, a veces, espero, sin quererlo. Nada en contra de las esteladas si no significaran a menudo, acaso siempre, el rechazo a España; nada en contra de las banderas de España que veo en los balcones del sur si no tuviesen también ese tufillo anticatalán que tanto me molesta. Del mismo modo que evito estos días hablar con amigos catalanes cuyas intenciones independentistas conozco o presumo, procuro sortear conversaciones con amigos andaluces o madrileños para los que el rechazo a todo lo que venga de Cataluña es la única forma posible de enfrentarse a lo que está pasando. Quizá no sea éste el mejor momento para la equidistancia y acabas sintiéndote muy solo. O tal vez es que ya estoy muy cansado.



© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2017

Comentarios

saspaez@gmail.com ha dicho que…
Lamento que sufra de empacho. Creo que por primera vez los españoles nos mostramos orgullosos de que una misma bandera nos ampare a todos, eliminado ese tufillo facha propio del que la enerbolaba. Y tal vez por esa equidistancia que nombra en su texto, yo no percibo ningún sentimiento anticatalán, y sí antiseparatista. Respeto su opinión, doctores tiene la Iglesia, pero me apena ese ponerse de lado para que nada nos alcance.
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Yo también respeto la suya, faltaría más. Pero creo que no me ha entendido: mantenerse en una equidistancia razonable y alejada de pasión no es ponerse de lado. Es, simplemente, otra forma de ver las cosas. Gracias por opinar.

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

Nadar hasta que pueda

Regalo ejemplares de El factor Einstein