Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La felicidad de la tierra


Hay un libro de Manu Leguineche cuyo título recuerdo a menudo: La felicidad de la tierra. Lo tuve en mis manos, hace muchos años, cuando se publicó, pero no lo compré. Luego lo he visto alguna vez en puestos de saldo, creo que se ha reeditado hace poco. Al final acabaremos encontrándonos, seguro. Paseo tanto por el campo andaluz que el título del libro adquiere una resonancia especial, un significado puede que distinto al que quieren expresar sus páginas, pero me da lo mismo. Hace muchos años, cuando empecé a publicar, algunos amigos me sugerían que me fuese a vivir a Madrid, o a Barcelona. No digo que no tuvieran razón. En Madrid, argumentaban, parte de tu trabajo sería acudir a saraos literarios, dejarte ver, conocer a otros escritores, editores, gente de eso tan confuso y engañoso llamado mundillo literario. Pero nunca lo hice, ni siquiera me lo planteé. No sé si obré bien o mal, pero no me gusta alternar, y mucho menos me gusta pasar la mano por el hombro a nadie, ni que me la pasen o me hagan la pelota. Tampoco sé hacerlo. La pelota, quiero decir.
Paseo estos días de invierno con mi perro y no me cambiaría por nadie. Durante las horas centrales el sol apunta a la primavera, aunque falta tanto todavía, y el aire que sale de la tierra recién roturada tiene una deliciosa consistencia húmeda. Dan ganas de tumbarte, cerrar los ojos y  apretar los puños para triturar los terrones. Los olores que disfrutaste de niño te mantienen atado a un lugar, aunque no te hayas dado cuenta: el de la tierra recién arada, el de la hierba mojada, el aroma impagable del azahar cuando llega la primavera en el sur de España; el olor de Mowgli: a veces cierro los ojos, hundo la nariz en su pelo y es igual que viajar cuarenta años atrás, cuando el mejor momento del día era volver del colegio y jugar con mis perros. Tal vez uno se pasa la vida buscando al niño que fue. Pocas cosas me gustan más que viajar, conocer lugares nuevos o volver a visitar los que disfruté, pero soy consciente, y lo soy cada vez con más intensidad, de que mi sitio está aquí, por mucho que, como a un querido amigo ―Nico Gallardo: si no sabéis quién entonces es que esta última reflexión no es para vosotros, no os preocupéis―, me incomoden los tópicos del sur, sobre todo cuando se cumplen.


© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2018

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