No soy famoso. Vaya esto por delante. Cuando la ironía cotiza a la baja y
las redes sociales se convierten en el altavoz de quienes leen a la ligera y a
menudo sin entender lo escrito, conviene aclararlo. Tengo un trabajo público,
con cierta repercusión, salgo en los medios de comunicación cuando publico un
libro pero, dados los índices de lectura, si no eres un autor superventas ―y ni siquiera así―, son muy escasas las
probabilidades de que te reconozca un lector por la calle. Tiene sus ventajas, no
crean ustedes. A pesar de todo hay gente que te conoce, que sabe quién eres, incluso
sabe dónde vives o conoce a tus amigos. Como cualquiera, a veces te equivocas,
te presentan a quien no te conviene e incluso hablas lo que no debes, y los
modales de alguien que creías inofensivo de pronto devienen en los de un
extorsionador: no me gusta cómo me has mirado y voy a hablar mal de ti, si
no contestas a mis mensajes voy a dejar de leerte; como me he dado cuenta de
que no eres el tipo de persona que esperaba que fueras, te voy a joder la vida.
Ninguna de estas frases me las he inventado, por desgracia. Estremece pensar el
daño que te puede hacer alguien por despecho, por ignorancia, por pura maldad o
por capricho. Por eso eres cauto con los desconocidos. Basta un comentario en las redes sociales para que la gente
empiece a opinar, sin tener ni idea de lo que habla, sólo porque es la moda o
porque ahora toca.
Pienso en esto tras leer lo que ha escrito Moses Farrow, el hijo adoptivo de Woody Allen y Mia Farrow: tantos años después, resulta que las acusaciones
de abusos sexuales al director de cine eran falsas y que su único delito fue
enamorarse de una joven que ni siquiera era su hija. Reprobable, vale; poco
habitual, extraño, incluso antinatural, si quieren ustedes. Pero de eso a ser
un monstruo pederasta hay un abismo. No quiero pensar en el infierno que habrá
vivido Woody Allen ―en el que estará viviendo― en el crepúsculo de su vida. Nadie está libre de la intoxicación de los
otros si eres famoso, cuando te conviertes en el estafermo donde acaban
todos los palos, porque sí, porque alguna vez tenía que pasar.
Porque de la jauría temible y ciega de las redes sociales no hay quien pueda
librarse. Es sólo cuestión de tiempo que te llegue el turno.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2018
Comentarios