Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Cuando te llega el turno


No soy famoso. Vaya esto por delante. Cuando la ironía cotiza a la baja y las redes sociales se convierten en el altavoz de quienes leen a la ligera y a menudo sin entender lo escrito, conviene aclararlo. Tengo un trabajo público, con cierta repercusión, salgo en los medios de comunicación cuando publico un libro pero, dados los índices de lectura, si no eres un autor superventas ―y ni siquiera así―, son muy escasas las probabilidades de que te reconozca un lector por la calle. Tiene sus ventajas, no crean ustedes. A pesar de todo hay gente que te conoce, que sabe quién eres, incluso sabe dónde vives o conoce a tus amigos. Como cualquiera, a veces te equivocas, te presentan a quien no te conviene e incluso hablas lo que no debes, y los modales de alguien que creías inofensivo de pronto devienen en los de un extorsionador: no me gusta cómo me has mirado y voy a hablar mal de ti, si no contestas a mis mensajes voy a dejar de leerte; como me he dado cuenta de que no eres el tipo de persona que esperaba que fueras, te voy a joder la vida. Ninguna de estas frases me las he inventado, por desgracia. Estremece pensar el daño que te puede hacer alguien por despecho, por ignorancia, por pura maldad o por capricho.  Por eso eres cauto con los desconocidos. Basta un comentario en las redes sociales para que la gente empiece a opinar, sin tener ni idea de lo que habla, sólo porque es la moda o porque ahora toca.
Pienso en esto tras leer lo que ha escrito Moses Farrow, el hijo adoptivo de Woody Allen y Mia Farrow: tantos años después, resulta que las acusaciones de abusos sexuales al director de cine eran falsas y que su único delito fue enamorarse de una joven que ni siquiera era su hija. Reprobable, vale; poco habitual, extraño, incluso antinatural, si quieren ustedes. Pero de eso a ser un monstruo pederasta hay un abismo. No quiero pensar en el infierno que habrá vivido Woody Allen ―en el que estará viviendo― en el crepúsculo de su vida. Nadie está libre de la intoxicación de los otros si eres famoso, cuando te conviertes en el estafermo donde acaban todos los palos, porque sí, porque alguna vez tenía que pasar. Porque de la jauría temible y ciega de las redes sociales no hay quien pueda librarse. Es sólo cuestión de tiempo que te llegue el turno.



© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2018

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