Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Cuando te llega el turno


No soy famoso. Vaya esto por delante. Cuando la ironía cotiza a la baja y las redes sociales se convierten en el altavoz de quienes leen a la ligera y a menudo sin entender lo escrito, conviene aclararlo. Tengo un trabajo público, con cierta repercusión, salgo en los medios de comunicación cuando publico un libro pero, dados los índices de lectura, si no eres un autor superventas y ni siquiera así, son muy escasas las probabilidades de que te reconozca un lector por la calle. Tiene sus ventajas, no crean ustedes. A pesar de todo hay gente que te conoce, que sabe quién eres, incluso sabe dónde vives o conoce a tus amigos. Como cualquiera, a veces te equivocas, te presentan a quien no te conviene e incluso hablas lo que no debes, y los modales de alguien que creías inofensivo de pronto devienen en los de un extorsionador: no me gusta cómo me has mirado y voy a hablar mal de ti, si no contestas a mis mensajes voy a dejar de leerte; como me he dado cuenta de que no eres el tipo de persona que esperaba que fueras, te voy a joder la vida. Ninguna de estas frases me las he inventado, por desgracia. Estremece pensar el daño que te puede hacer alguien por despecho, por ignorancia, por pura maldad o por capricho.  Por eso eres cauto con los desconocidos. Basta un comentario en las redes sociales para que la gente empiece a opinar, sin tener ni idea de lo que habla, sólo porque es la moda o porque ahora toca.
Pienso en esto tras leer lo que ha escrito Moses Farrow, el hijo adoptivo de Woody Allen y Mia Farrow: tantos años después, resulta que las acusaciones de abusos sexuales al director de cine eran falsas y que su único delito fue enamorarse de una joven que ni siquiera era su hija. Reprobable, vale; poco habitual, extraño, incluso antinatural, si quieren ustedes. Pero de eso a ser un monstruo pederasta hay un abismo. No quiero pensar en el infierno que habrá vivido Woody Allen en el que estará viviendo en el crepúsculo de su vida. Nadie está libre de la intoxicación de los otros si eres famoso, cuando te conviertes en el estafermo donde acaban todos los palos, porque sí, porque alguna vez tenía que pasar. Porque de la jauría temible y ciega de las redes sociales no hay quien pueda librarse. Es sólo cuestión de tiempo que te llegue el turno.



© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2018

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