Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Generosidad


Hace un cuarto de siglo les dejé a mis padres un cuento que había escrito. No a un amigo, no a una novia. A mis padres, con mucha vergüenza. Tantos años después, siguen leyendo todo lo que escribo, en cuanto lo doy por finiquitado, antes incluso de mandárselo a mi agente. Mi padre es el primero, porque lee más rápido, tanto que rara vez advierte la presencia de una errata. Luego llega el turno de mi madre, lápiz en mano. Ella tarda más, relee cada párrafo, subraya lo que no entiende y marca implacablemente las incorrecciones que yo, viciado de tantas lecturas, he sido incapaz de ver.
Es un acto de generosidad, sobre todo. A menudo regalo libros, pero no acostumbro a dejar los originales porque, de alguna manera, es obligar a que te lean y al mismo tiempo esperar que sean benévolos contigo. Por eso sólo se los doy a mis padres y a algunas personas muy queridas y muy cercanas que insisten puede que también con generosidad, sin que les apetezca mucho en leer lo que acabo de escribir. No saben cuánto se lo agradezco.
Mi padre leyó la nueva novela hace unas pocas semanas. Desde entonces, cada vez que voy a su casa veo los folios encima de una mesa. Nadie ha vuelto a tocarlos. Mi madre se ha disculpado alguna vez: no tengo tiempo, pero te prometo que me pondré con ello enseguida, en cuanto me relaje un poco. No hace falta, le digo. Y se lo digo de verdad. Leer un original no es obligatorio. Ni siquiera el de tu hijo. Odio insistir, preguntar, presionar, atosigar.
Hace un par de días entré en su casa y no vi a mi madre. No estaba en la cocina, ni sentada en el sillón donde repasa el periódico cada día. Me extrañó encontrármela tumbada en el sofá, nunca lo hace. Pensé que estaba cansada, me preocupó que le pasara algo. Al entrar vi el rimero de hojas en el suelo. Concentrada en la novela, con sus nuevas gafas de leer que luce, coqueta, aunque apenas las necesita desde que la operaron de cataratas, se había zampado toda la primera parte de un tirón. Me encanta, me dijo. Y luego, enseñándome los folios ya leídos, añadió: te he señalado algunas cosas…


© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2018

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Que no haría una madre por su hijo. Disfrutara cada palabra y cada línea de tu libro...y yo cuando lo lea, me acordaré de ella y sus nuevas gafas😘😘
Nati Escalada ha dicho que…
Una vez tuve el honor de leer el manuscrito de una novela aún sin publicar. La confianza en mi y la generosidad del autor es algo que llevaré conmigo siempre

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