Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Salvar a Pepe


Los domingos de agosto no son los días más animados si no eres aficionado a buscar un hueco donde colocar la sombrilla en la playa o a los atascos kilométricos. Acomodarte en tu sillón favorito para ver una película o releer las aventuras de los arponeros de Nantucket son opciones tan legítimas y tan placenteras que más de una vez te preguntas si la vida no es lo que te pasa entre los libros y las películas o mientras esperas el momento de hacer las maletas y largarte a un sitio donde, si es posible, no hayas estado nunca.
Caminar también es otro de los placeres veraniegos: una lesión molesta ―¿cuál no lo es?― me impide ir a entrenar estas semanas, pero como no me puedo estar quieto echo un pie detrás del otro cada día hasta que, como quien no quiere la cosa, en plan conejito de Duracell, me zampo doce o quince kilómetros entre olivos, naranjos y terrones abrasados por el calor. Como un remedo de explorador, me gusta embocar caminos secundarios. Unas veces descubro atajos inesperados y otras tengo que dar la vuelta al encontrar una cancela oxidada en la que muere la vereda. Basta hacer senderismo, como dicen los modernos, para darte cuenta de que es mentira eso de que no se le pueden poner puertas al campo.
Otra vez vi ayer, en un poste de electricidad y en alguna valla, un triste recordatorio con la foto de un perro por el que una chica desesperada me preguntó hace unas pocas semanas. Deseé que lo hubiera encontrado, que los carteles aún estuvieran allí porque no ha caído una gota en todo el verano, que fueran inútiles ya. Faltaba poco para terminar la caminata cuando un tipo detuvo su moto a mi altura. Disculpe, me dijo, ¿no habrá visto usted a mi perro? Describió a un beagle, pero le conté que un poco antes había visto trotando a un golden entre los olivos, el mismo que paseaba pocos días antes con una familia. Seguí mi camino, preocupado por la mala suerte del perrillo y por la angustia inevitable de su dueño, pero no habían pasado más de dos minutos cuando vi a un beagle en la carretera, la cabeza erguida en mitad de la rotonda, desafiando a los coches. Conseguí que se acercara, lo cogí en brazos y volví a caminar en la misma dirección en la que su dueño había desaparecido. Ya se había hecho de noche y me detuve, sujetándolo ―no dejaba de mover el rabo, el tío― donde el camino se bifurcaba, atento a los faros de una moto que no llegaba. Pasó un coche, frenó, el conductor se quedó mirando al perrillo. Era un vecino. Me contó que se llamaba Pepe ―el perro―, que se escapaba a menudo. Aprovechando que estábamos distraídos Pepe echó a correr, inalcanzable a pesar de sus patas tan cortas. No te preocupes, me dijo el recién llegado, se ha metido en su casa. Todavía me quedé unos minutos allí, a oscuras. Hasta los días más anodinos se resuelven de forma más extraña. De la forma más inesperada.


© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2018

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