Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El placer de empezar


Aún no tengo claro el destino de la novela que terminé hace poco, pero desde antes de finiquitarla garrapateo cuadernos, me descubro parado en mitad de un paseo, o al volante, o bajo el grifo milagroso de la ducha pensando algún detalle, a menudo un instante nítido de otra historia todavía demasiado borrosa, apenas el embrión de una larga gestación. Hace muchos años, cuando terminaba de escribir una novela, me inquietaba no ser capaz de empezar otra, pero aprendí que en este oficio la experiencia sólo sirve para saber que al final siempre se te ocurrirá algo y que, por muy difícil que se antoje la tarea, sabes que serás capaz de acabar una nueva novela, con mejor o peor fortuna, pero al menos lograrás la satisfacción de concluirla. Aprendes también que la experiencia no facilita las cosas y a menudo ―casi siempre, en realidad― ocurre justo lo contrario porque cada vez es más difícil no repetirte, no aburrirte y, por añadidura, no aburrir a tus lectores.
Le doy muchas vueltas a la nueva aventura de Gordon Pinner, la tercera, algo que jamás me planteé hace veinte años y ahora me seduce tanto; pero también guardo en una carpeta ideas que tengo para otra novela protagonizada por mi querido Nico Gallardo, el protagonista de Los dioses cansados. Busco en viejos cuadernos notas para historias que aparqué porque es imposible escribir todo lo que me gustaría, esbozos olvidados que al cabo de tanto tiempo encuentro aprovechables. Es parecido a cuando terminas un libro que te ha gustado mucho y sientes un vacío irremplazable al pasar el dedo por los lomos de los ejemplares que aguardan turno en la estantería, buscando cuál elegir pero sin decidirte por ninguno, pero al mismo tiempo es una tarea estimulante, adictiva, inventar personajes, diseñar tramas, esperar la sorpresa que siempre, siempre aparece, igual que enamorarse otra vez, emprender un viaje muy largo, estrenar una casa o empezar una nueva vida.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2018



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