Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Todo es finito


Aunque el otoño avanza indiferente a los males propios, que importan poco, y a los ajenos, que preocupan mucho, salvo en las horas cercanas al amanecer la sensación es la misma de una prórroga de verano. Dan ganas de coger un bañador y una toalla y conducir hasta una playa cercana para tumbarte frente a la orilla, pero ya no es posible. Ni siquiera la certeza del final inminente del verano meteorológico, no el del calendario, es suficiente para hacerlo. A pesar de todo, un aguijón de optimismo desacostumbrado permitía guardar esperanzas. Será porque las buhardillas del sur todavía quieren ser invernaderos, al menos durante un rato cada día aún hay que poner el aire acondicionado y en el coche casi siempre. Sin embargo, hoy abres la puerta cuando ya  se ha puesto el sol y el aire fresco te avisa de que ahora sí, el verano se ha terminado. En un armario que llevaba meses sellado, buscas algo para abrigarte y te sacude una sensación de pérdida porque todo es finito; un lamento íntimo ―también inevitable y estéril―, por no haber aprovechado el verano cuanto debiste, igual que los días que se van sin haberlos exprimido, las horas perdidas, las oportunidades desperdiciadas, los libros no leídos o las personas a las que quisiste.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2018

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