Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Los Oscar


Más de una vez me he quedado a ver la ceremonia de los Oscar. Cuando era muy jovencito y también cuando no lo era tanto. A la mayoría de mis amigos no les interesaba. Lo de las películas y sobre todo lo de esa gala californiana era para los raros que malgastaban el tiempo en ensoñaciones cinéfilas. Puede ser: busco incansablemente películas que me emocionen. Lo escribo en presente porque sigo haciéndolo. Y bendito sea. Pero anoche no vi la entrega de premios. No recuerdo cuándo fue la última vez. Qué curioso llevarme toda la noche en vela hace años sin importarme ir a trabajar al día siguiente, y ahora, con un horario flexible, ni siquiera me haya molestado en encontrar el canal donde retransmitían los Oscar. Las ganas de sentir la piel de gallina viendo una película siguen intactas, pero el mundo ha cambiado y yo también he cambiado, supongo. Esta mañana, al leer en la prensa la lista de ganadores, me he dado cuenta, con cierta extrañeza, de que no he visto niguna de las películas candidatas al premio gordo. En realidad, sólo me apetece ver dos de esa lista. Me sorprende esta pereza repentina. Me inquieta. Asumo el paso del tiempo con naturalidad. No acostumbro a lamentarme. Pero más que usar gafas para leer o alguna punzada traicionera al levantarte cuando te acercas a los cincuenta, es en la falta de ganas por sentarme en una sala de cine, en la tranquila o resignada espera para ver un estreno en el salón de tu casa donde anida la certeza implacable del paso del tiempo.


© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2019

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