Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La dictadura de los tontos

Pues sí, amigos: el futuro distópico ya está aquí. Pero no será orwelliano ni margaretatwoodiano. Serán los tontos los que manden. Hasta el más retrógrado debería darse cuenta del largo trecho que falta por recorrer para que las mujeres y los hombres sean tratados por igual, pero ¿de verdad es necesario vetar cuentos infantiles por sexistas? Parece que, para algunas escuelas, La bella durmiente o Caperucita Roja son peligrosamente tendenciosos y los van a retirar de sus bibliotecas. A veces la modernidad esconde una cara tenebrosa donde anidan la intolerancia y la estupidez. Puesto que de dictadura se trata, no sé si me dan más miedo los gobernantes con modales cuarteleros o los iluminados empeñados en cambiar el mundo a golpe de estulticia.


© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2019

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