Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Felicidad impostada

 



Del verano me gustan muchas cosas, pero, de las que más, las fotos de los famosos en las redes sociales. Sobre todo las de los futbolistas. Entre las muchas ventajas de tocar el balón con soltura se encuentra la de disfrutar las vacaciones antes que la mayoría. Al fin y al cabo, la pretemporada empieza a mitad del verano, o antes. Yates, playas recónditas, coches de lujo, tatuajes, relojes de dudoso gusto y mujeres siliconadas. Pero mejor ser justo: a veces no hay yates ni relojes hortera o mujeres siliconadas (para gustos, colores, por supuesto), pero los balompédicos comparten la misma obsesión que el resto, aunque nunca nos haya tirado mucho el fútbol: me refiero a la obsesión de enseñar a los demás nuestra felicidad.
    Soy de los que disfrutan compartiendo con los amigos las cosas buenas que me pasan. Pero en realidad no tengo tantos amigos y me basta con que cinco o seis personas se enteren de las noticias positivas. Me consta su alegría. Son exactamente las mismas personas con las que comparto las penas, que también las hay. Como en la vida de cualquiera. 

No basta ser feliz, sino parecerlo. O, peor: lo de menos es ser feliz, lo importante es mostrar a los demás que lo eres. Pero a menudo basta un tinto de verano en un vaso recién sacado del congelador. Un paseo por el campo al amanecer. El primer café del día con el perro sentado al lado, los dos en silencio, mirando el horizonte. Una cena sabrosa, una buena compañía. O estar solo si te da la gana, con la ventana abierta cuando sopla el viento de poniente que a veces trae el olor del mar. Una buena película, dejarte vencer por el sueño con un libraco de mil páginas abierto sobre el pecho. El zumbido del ventilador recordando las noches estivales cuando eras un niño y los veranos eran tan largos que terminabas deseando volver a clase. Momentos impagables que quizá no consigan muchos likes en Instagram. Ni puñetera falta que hace.

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2022

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