Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

FIN


 

Nunca me ha pesado gastar horas consumiendo ficción porque siempre he procurado que los libros y las películas sean alimenticios. El verbo zampar se aplicaría literal y felizmente en este caso. Cumplo años y el porcentaje de ensayos y documentales zampados alcanza límites inesperados. También los diarios donde desde chaval registro lo que pasa y sobre todo lo que pienso y lo que siento― cada día requieren más espacio en mis estanterías. 

La ficción pasa factura que se lo pregunten a Alonso Quijano― pero nunca me ha molestado pagarla. El cine es tan poderoso que ya no pensamos, ni soñamos, ni recordamos, ni vivimos igual. Pardner Jones fue un antiguo sheriff del oeste americano al que contrataron como asesor en el Hollywood que principiaba. Intentar desenfundar el revólver más rápido que el otro era la forma más fácil y estúpida de convertirse en comida para buitres. Nada como un buen rifle para poner las cosas en su sitio, afirmaba el viejo sheriff, y lo demostraba reventando una moneda de diez centavos a veinticinco metros con un solo disparo del Winchester. Tampoco suena una música inquietante motivo recurrente lo llaman los entendidos― cuando te bañas en el mar y se acerca la aleta de un tiburón en ayunas. No suenan violines cuando paseas por primera vez de la mano de una mujer hermosa ni llueve cuando la besas. Pero basta que la música del violín o las gotas resuenen en tu imaginación. 

Pienso en esto porque hace unos días he resuelto un asunto muy delicado. Una de esas situaciones enquistadas durante meses que sólo pueden terminar con puerta grande o enfermería. Más de una vez fantaseé con lo que haría cuando se solucionase: deleitarme con un veguero aromático a pesar de no haber fumado en mi vida, ponerme a dar saltos o caminar por la calle apretando los puños para sentir cómo se transforma la rabia contenida en alegría, conducir sin rumbo hasta llegar muy lejos, emborracharme o invitar a cenar a una mujer de las que cuando te miran te hacen sentir como un niño. Pero todo es más prosaico. Más sencillo quizá. El problema se soluciona y mientras vuelves a casa la cámara no se aleja ni aparecen los títulos de crédito. Te sientas, escribes para explicarte algunas cosas. Miras la tele un rato, lees. Al día siguiente vas a desayunar donde siempre. La mañana fresca anuncia la agonía del verano. No aparece la palabra FIN porque la vida continúa. Siempre será así, contigo o sin ti. Llevas un rato pensándolo cuando te traen el café. Respiras hondo y sonríes antes de dar el primer sorbo.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2022

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