Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Nunca fuimos más felices.



De niño jugué muy poco al fútbol. Ni siquiera de mocoso me llevaba bien con las imposiciones y las notas de gimnasia que ponían los curas estaban muy relacionadas con el arte de mover la pelota con los pies. Tampoco era de ningún equipo. Pero eso es imposible, protestaba algún compañero de pupitre. No pertenecer a ninguna cofradía y no ponerme una capucha de nazareno también parecía cosa de marcianos. Sin embargo, con los años, además de entender que la exclusión puede llegar a ser un poderoso rasgo distintivo si tienes el carácter necesario para afrontarla, he aprendido a disfrutar del inigualable espectáculo estético de una procesión en Semana Santa sin ser creyente y, en cuanto al fútbol, como muestra un botón: al poco de empezar la final de la Eurocopa de 2012 me quedé dormido y cuando abrí los ojos España le había metido cuatro roscos a Italia. Por suerte no siempre es así. En los pocos partidos que me llaman la atención, sólo si hay emoción me siento a ver los últimos quince minutos. Más que los asuntos técnicos del fútbol, de los que sé bien poco, me interesa y me divierte mucho todo lo que lo rodea: los fichajes, las anécdotas, la información; sobre todo lo que tiene de aventura y de mirilla por la que asomarte a la condición humana: la de los aficionados, la de los futbolistas y sus familiares, la de los dirigentes y la de los tertulianos futboleros en la radio y en la tele. Nunca estoy seguro de si soy un aficionado raro o no soy aficionado.

Conocí a Carlos Marzal hace unos años. Ambos formábamos parte del jurado de un premio literario. A pesar de mi tendencia congénita a escaquearme de cuantos saraos me invitan, gracias al oficio de juntar letras he tenido la fortuna de cruzarme con gente estupenda a la que no he vuelto a ver (o he vuelto a ver muy pocas veces). A menudo los encuentros con escritores se convierten en una competición ridícula para ver quién la tiene más larga. A pesar de la metáfora masculina, en este caso ser mujer no resulta un eximente. Pero a veces, en lugar de presumir de cifras de ventas, del sello que te publica o criticar a otros colegas, te encuentras con un escritor y enseguida te descubres hablando de fútbol, de películas del Oeste y de otros asuntos, confesables o no.

Viene esto a cuento porque he pasado los últimos días sumergido felizmente en el libro Nunca fuimos más felices, de Carlos Marzal. Llevaba tiempo deseando hincarle el diente. El fútbol no es sino una excusa para hablar de muchos asuntos: la literatura, los amigos, la familia; la vida, vaya. Dice Carlos Marzal que le gustan los libros que dejan entrever el corazón del autor. No puedo estar más de acuerdo. Me interesa menos el artificio que el alma de quien está al otro lado de las páginas. Por eso Nunca fuimos más felices me ha emocionado de una forma muy honda. Eso resulta muy de valorar para quien tiene el colmillo retorcido ya de juntar letras y de leerlas. De cuando en cuando repaso párrafos sueltos de libros leídos. No suele fallar que el número de líneas subrayadas sea proporcional al placer que me regaló su lectura. Pocas páginas quedan sin marcar en Nunca fuimos más felices. Te contagia del goce de vivir. 

Quiero que me envidien la alegría, decía Ray Bradbury. Carlos Marzal lo ha conseguido. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2022

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