Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Esperpentos


Un día sin fútbol y dos intentos de golpe de estado. Pascal sostenía que la mayoría de los males del mundo se deben a la incapacidad del hombre de estar sentado en una habitación sin hacer nada. Como gancho para empezar un artículo no estaría mal, pero la ironía es un valor en desuso y, a poco que uno se descuide, acabará dando explicaciones que no desea si no quiere ser linchado. Lo he dicho muchas veces: si hay que explicar los chistes es porque no funcionan. 

Resultaría divertido de no haber sucedido dos amagos esperpénticos de asonada. La broma de Pedro Castillo en Perú apenas duró dos horas. La patochada del príncipe Heinrich XIII Reuss en Alemania fue neutralizada antes de que el ridículo adquiriese proporciones planetarias. Pero los golpes de estado siempre tienen un componente siniestro, por muy mamarrachos que nos parezcan quienes los perpetran. 

Hace pocos días conversaba con dos amigos sobre el golpe fallido del coronel Stauffenberg contra Hitler. Sergio acaba de regresar, entusiasmado, de un viaje por las playas de Normandía. Y aquello no fue hace tanto tiempo, decía. No puedo estar más de acuerdo, respondí. Fíjate, Stauffenberg puso una bomba bajo la mesa de Hitler el 20 de julio de 1944. Justo veinticinco años antes de que yo naciera. Sólo veinticinco años… Con José Manuel, esa misma tarde, además de otras cosas mundanas, terminé hablando de golpes de estado. Suele suceder, le dije, que al principio la mayoría aguarde con prudencia sibilina la decisión sobre qué bando apoyar. La película Valquiria lo cuenta muy bien, añadí: resulta impagable el momento en que a la sala de transmisiones llegan al mismo tiempo las órdenes de iniciar la operación que da título a la película y la de detener a Stauffenberg. El oficial al mando, en un ejemplo perfecto de lo que significa nadar y guardar la ropa, ordena transmitir las dos. Intentar quedar bien con todos suele significar lo mismo que no quedar bien con nadie, pero tal vez cuando uno se juega el cuello lo mejor sea no correr riesgos.

Ahora en serio: no me preocupa, o no me preocupa demasiado, que un noble alemán con delirios imperiales sueñe con tomar el Reichstag por las bravas. Pero me inquieta que él, y parece que un montón de chiflados como él (¡ay, esos seguidores de Trump asaltando el capitolio con cuernos y pieles de troglodita!), piensen que sea posible.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2022

Comentarios

LA CASA ENCENDIDA ha dicho que…
No estamos libres de trogloditas con poder y muy ignorantes que son capaces de creerse que el mundo es de ellos.
Encantada de volver a leerte.
Saludos

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