Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La cabina




Me entero de que se cumplen cincuenta años del estreno de La cabina y me quedo ensimismado mirando la tele. No por las cinco décadas: era demasiado pequeño para verla el día del estreno, y mucho menos para recordarlo; y el único vértigo incómodo que padezco no es el del paso del tiempo, sino cuando mis cervicales protestan por estar tanto tiempo inclinado sobre un papel.

No puedo meterme en la cabeza de nadie, pero sospecho que ninguno de los creadores del mediometraje (Antonio Mercero, José Luis Garci y Horacio Valcárcel) tenía la intención de despertar la conciencia de nadie en la casposa España de entonces. Las interpretaciones intelectuales vendrían después. A ellos sólo les apetecía, me temo, contar una historia. Una historia sencilla y terrorífica. Las obras maestras sólo lo son cuando se miran con la perspectiva implacable del tiempo. Cuanto más sencillas, mejor. 

Hace muchos años, cuando Antonio Banderas empezó a rodar películas en Estados Unidos, le preguntaron qué sentía al codearse con los actores de Hollywood. Está muy bien, respondió, pero me tiemblan más las piernas delante de Fernando Fernán Gómez o José Luis López Vázquez. Quizá La cabina sea un ejemplo de cuánto bueno hemos tenido aquí. 

Pocas veces he nadado en el mar sin pensar en la aleta de un tiburón; no es raro en mí imaginar que el cobrador del peaje se va a tirar al suelo para que me acribillen las ametralladoras de unos mafiosos; y cuántas veces, cuántas, sin darme cuenta he puesto el pie en la puerta de la cabina, cuando había cabinas, para conjurar la claustrofobia televisiva. 

La vida está llena de homenajes involuntarios.

 

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2022

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