Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Funerales en Navidad



Por algún motivo que no me preocupo de racionalizar, padezco una peculiar alergia a las bodas y a los funerales. Si pudiera sólo iría a los míos, pero si leéis esto es porque aún sigo vivo (ya que estamos: cuando me llegue la hora brindad a mi salud, cantad una canción o buscad a alguien con la voz bonita para que recite un poema y luego enterrad las cenizas a la sombra de algún olivo anciano); tampoco me he casado y creo que cada día que pasa resulta más difícil, aunque nunca se sabe: la única condición que pongo es no llevar un anillo porque me gusta tener las manos libres. 

Pero si me planto en un funeral o en una boda es porque me tocan muy de cerca y siento que debo ir, sin que nadie me obligue y mucho menos sin sentirme comprometido. Estas Navidades se han clausurado con el funeral de una persona muy cercana y muy querida. Acaso lo fácil o lo lógico sería decir que si todos los funerales son tristes aún son más tristes durante la Navidad. Las luces celebran la fiesta pero la vida sigue a lo suyo. Tantos años trasegando palabras y en un funeral no se me ocurre nada que no suene a tópico manoseado. Por eso prefiero no quedarme más que lo justo. También porque enseguida la tristeza se entrevera de alegría inconfesable al encontrar a viejos amigos y no quisiera ser malinterpretado. 

No soy creyente y carezco de ese soplo de paz o de consuelo de quienes tienen fe, pero también he estado en la iglesia el día siguiente, no soy capaz de no ir, y sentado en un banco junto a otros viejos amigos de la infancia escucho la voz de un cura al que uno de los pilares del templo y la gente me impiden ver. Nunca sé cuándo levantarme en una misa, cuándo estar sentado, cuándo dibujarme una cruz en la frente o fingir que lo hago. Todo sucede por imitación. Pero el sentimiento es genuino. Y allí sentado me entero de una hermosa historia que no conocía o no recordaba. La metáfora que resume el talante de quien nos ha dejado. La alegoría de toda una vida. Son habituales y excusables los ditirambos a los finados. Sin embargo ayer todo era verdad. Qué suerte marcharse tan en silencio, sin molestar. Qué bonito ser recordada con tanto cariño.

 Descanse en paz. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2023

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