Propiedad Intelectual

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Registrar una obra literaria no sirve de mucho a la hora de la verdad, pero uno hace las cosas por costumbre, o piensa con ingenuidad que siempre es mejor curarse en salud, que en la balanza pesan más las ventajas que las molestias. Hace unos años un guionista me pidió permiso para usar el pasaje de una novela mía en una película. Decliné la oferta amablemente por escrito tras consultarlo con mi agente, y con mi respuesta debieron de hacer suyo aquello que dicen que escribió Muñoz Seca: «La impertinente misiva que remitido me has, ahora la tengo delante, pronto la tendré detrás». Cito de memoria y así se va a quedar, porque es como lo recuerdo, vaya. La película la protagonizó Mario Casas y jamás la vi. Perdonadme la digresión, pero voy por el segundo café para hacer tiempo en esta mañana farragosa que me espera y me siento como un alienígena si mientras desayuno no me baila la muñeca sobre el cuaderno. Registrar la novela, decía. Antes, hace muchos años —ya empieza a hacer demasiados ...

Funerales en Navidad



Por algún motivo que no me preocupo de racionalizar, padezco una peculiar alergia a las bodas y a los funerales. Si pudiera sólo iría a los míos, pero si leéis esto es porque aún sigo vivo (ya que estamos: cuando me llegue la hora brindad a mi salud, cantad una canción o buscad a alguien con la voz bonita para que recite un poema y luego enterrad las cenizas a la sombra de algún olivo anciano); tampoco me he casado y creo que cada día que pasa resulta más difícil, aunque nunca se sabe: la única condición que pongo es no llevar un anillo porque me gusta tener las manos libres. 

Pero si me planto en un funeral o en una boda es porque me tocan muy de cerca y siento que debo ir, sin que nadie me obligue y mucho menos sin sentirme comprometido. Estas Navidades se han clausurado con el funeral de una persona muy cercana y muy querida. Acaso lo fácil o lo lógico sería decir que si todos los funerales son tristes aún son más tristes durante la Navidad. Las luces celebran la fiesta pero la vida sigue a lo suyo. Tantos años trasegando palabras y en un funeral no se me ocurre nada que no suene a tópico manoseado. Por eso prefiero no quedarme más que lo justo. También porque enseguida la tristeza se entrevera de alegría inconfesable al encontrar a viejos amigos y no quisiera ser malinterpretado. 

No soy creyente y carezco de ese soplo de paz o de consuelo de quienes tienen fe, pero también he estado en la iglesia el día siguiente, no soy capaz de no ir, y sentado en un banco junto a otros viejos amigos de la infancia escucho la voz de un cura al que uno de los pilares del templo y la gente me impiden ver. Nunca sé cuándo levantarme en una misa, cuándo estar sentado, cuándo dibujarme una cruz en la frente o fingir que lo hago. Todo sucede por imitación. Pero el sentimiento es genuino. Y allí sentado me entero de una hermosa historia que no conocía o no recordaba. La metáfora que resume el talante de quien nos ha dejado. La alegoría de toda una vida. Son habituales y excusables los ditirambos a los finados. Sin embargo ayer todo era verdad. Qué suerte marcharse tan en silencio, sin molestar. Qué bonito ser recordada con tanto cariño.

 Descanse en paz. 

 

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2023

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