Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Roald Dahl

Vaya por delante que nunca he leído a Roald Dalh. Quedaría muy bien decir que sí, buscar unas cuantas referencias en Google y pasar por un experto en su obra. Pero no me llevo bien con los complejos y los únicos fantasmas que tolero arrastran sus cadenas para quitarme el sueño cuando la vida se complica más de la cuenta. Recuerdo, hace años, un espléndido documental sobre su vida, y tengo sus cuentos completos en algún rincón de mi estantería, un voluminoso libro al que por pereza aún no me he acercado. Tampoco me entusiasma Charlie y la fábrica de chocolate, tal vez por una aversión irracional a la mayoría de las películas de Tim Burton y sobre todo a Johnny Depp. 

Pero todo ha sido enterarme de que la editorial Puffin va a contratar a lectores sensibles (no me invento el adjetivo) para reescribir fragmentos adecuados a los tiempos que corren y transformarme en un roaldahlóctilo de balcón. Un hoolligan del escritor británico, vaya. Es mi reacción natural cuando de injusticias se trata, o de gilipolleces, como en este caso. 

A saber: para no soliviantar la sensibilidad de los lectores jóvenes de la tercera década del siglo XXI, los personajes de Roald Dahl ya no serán gordos, sino enormes; los hombres pequeños, personas pequeñas; han desaparecido los términos blanco, negro, loco y demente; las cajeras de supermercado ahora son científicas de alto nivel y Matilda ahora lee a Jane Austen en lugar de a Rudyard Kipling, quizá porque el autor de El libro de la selva era un colonialista cuyos libros merecen arder en una pira.

Ojalá me equivoque, pero esto no ha hecho más que empezar. Tanta estupidez está consiguiendo muchas cosas y ninguna de ellas me agrada. Entre otras muchas, que lo subversivo, quién lo iba a decir, sea lo conservador porque no queda otra frente a la estulticia camuflada, con mucha torpeza, de corrección política; que la censura la ejerzan los más modernos contra quienes no queremos someternos. De la autocensura mejor hablamos otro día, porque daría para otro artículo. 

Resulta recurrente citar a Orwell y su tenebrosa 1984 cuando aparece una noticia delirante como esta. No es mal ejemplo, pero a mí siempre me recuerda de una forma terrorífica  a uno de mis libros de cabecera, lo leí de niño: La máquina del tiempo, de H. G. Wells. En el año 802701 los seres humanos de la corteza terrestre, los eloi, vivían felices comiendo frutas deliciosas, cantando Viva la gente y cosas así, bañándose y tomando el sol, mientras los morlocks, habitantes del interior de la tierra e impermeables a las ocurrencias de los ministros, ministras y ministres, se frotaban las garras antes de salir a cazarlos. 

Por tontos, sobre todo.

 

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2023

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