Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El Limonar

Por el rabillo del ojo veo la sonrisa de perro viejo curtido en muchas escaramuzas que amuebla la cara de Manolín. Debe de ser la duodécima vez que le doy las gracias. Venimos de un encuentro con los menores del centro de internamiento donde trabaja. Hace un par de meses regalé un montón de libros que salvé de la trituradora y de las implacables leyes del mercado. No es la primera vez que lo hago y procuro afinar. No quiero regalarlos y que acaben calzando una mesa o convertidos en mercancía de la que alguien pueda lucrarse. Le pregunté a Manolín si le parecía buena idea donarlos a la biblioteca del centro. A esa y a cuantas quisiera. Quienes me conocen saben de mi costumbre de rechazar la mayoría de las invitaciones que recibo, las que tienen que ver con el oficio literario y las que no, pero me ofrecí a pasar un rato hablando de libros y de lo que se terciara con los chavales. Cada vez más, con los años, uno procura hacer casi todo el tiempo las que cosas que le apetecen. Decir que sí cuando lo cree conveniente y decir que no cuando no lo cree. 

Si no me hubiera ofrecido a ir al centro de menores El Limonar o si hubiera declinado la invitación me habría equivocado. He participado en bastantes encuentros en institutos y los chavales siempre me sorprenden. El interés y el respeto que muestran algunos sólo palidece ante el entusiasmo que siempre compruebo en un centro de adultos, con gente que ha aprendido a leer o descubierto los libros muy tarde. Nunca había pisado un centro de menores. Antes de ir, durante una comida sabrosa, estuve bombardeando con preguntas a Manolín. Padezco una irresistible curiosidad por la forma en que cada uno afronta su trabajo, por los detalles que un profano desconoce. Procuro escuchar en silencio, respetuoso, sin aventurar opiniones descuidadas y aislando los prejuicios. Es la mejor forma de aprender.

Son ocho chavales. No sé qué en qué líos se han metido para estar ahí y tampoco tengo que saberlo. Lo único que importa es que algunos han leído mis libros y otros me cuentan que gracias a ellos se van a estrenar en la lectura. Tienen muchas preguntas. El tiempo se pasa volando. Han preparado bebidas y pastas para el final. Me regalan unos azulejos con dibujos míos que han tenido el detalle de fabricar en el taller de cerámica. Nos hacemos una foto. Luego, Manolín me acompaña a una visita por el centro. La cocina, el salón, las habitaciones. Sobre una mesita de noche descansa una de mis novelas. 

En un oficio tan azaroso y tan complicado, las dudas sobre si deberías dedicar tu esfuerzo a otras actividades más seguras y rentables siempre están ahí. Pero en el lugar más inesperado te das cuenta de que siempre, a pesar de todo, merece la pena.

Cómo podría no dar las gracias a Manolín otra vez.

  

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2023

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla