Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Cuestión de perspectiva

Estoy zambullido en la recopilación de artículos de un escritor que me gusta mucho. Durante el desayuno me zampo unos cuantos, y así cada día, poco a poco. La ficción la dejo para las noches. La oscuridad me estimula más para soñar o tal vez por las mañanas siento que aprovecho más el tiempo si leo un ensayo. El otro día, entre sorbo y sorbo de café, o entre bocado y bocado a la tostada, la reflexión sobre el autorretrato de un genio cuando tenía más o menos la edad que yo tengo ahora me deja tumbado. Por lo bien escrito y por lo que significa. El autor se refiere a él como un viejo, a su mirada de cansancio, sabedor de que lo mejor de su vida ha pasado y ya sólo puede aguardar la muerte con la mayor dignidad posible. No puede ser, me dije. Ni de lejos me siento así. Y mucho menos quiero sentirme. Y todavía menos siento que debería sentirme así. Por fortuna, enseguida leo el siguiente artículo, y aquí el escritor habla de una película en la que un personaje piensa exactamente lo contrario delante del mismo autorretrato del genio. Quizá todo sea cuestión de perspectiva. Respiro aliviado ante lo que me parece un hábil juego de contrastes.

Viene esto a cuento porque hoy me toca cumplir años y soy de los que prefieren la segunda opción, de los que no se resignan al calendario o jamás lo usan como excusa. Sigo persiguiendo sin descanso una paz razonable, o al menos serenidad, que viene a ser lo mismo. El paso del tiempo no me preocupa en exceso. Si acaso, me impele a aprovecharlo, cada vez más. Ahora uso gafas para leer y a veces echo de menos mojarme el pelo, pero la presbicia es una excusa perfecta para no mirar los mensajes del móvil y llevar el cráneo rapado tiene algunas ventajas: el agua fría en verano y la colonia resultan la mar de agradables y no parece disgustar a las mujeres. Por lo demás, me siento igual de bien, o mejor, que hace treinta años. Sigo disfrutando, o lo procuro, de las mismas cosas. Algunas ya no me gustan tanto como antes, pero también he descubierto otras. Conservo intactas las ganas de aprender, de exprimir el sudor de la ropa cuando hago deporte casi todos los días, como siempre, de viajar, de estar con los míos, de mirar a los ojos a una mujer hermosa mientras le hablo y sonreír con disimulo, o sin disimulo, cuando veo que le gusta que lo haga; de disfrutar, vaya. Soy consciente de que no será siempre así, pero es parte de este juego que llamamos vida. Así que bailemos mientras dure.

Y, sí, van 54 hoy. A mucha honra.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2023

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