Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Por un beso


Me fascinan los dinosaurios desde que de niño encontré un espléndido libro ilustrado sobre estos bichos en la biblioteca de los Maristas. Durante muchos años eché en falta en las mesas de novedades ejemplares actualizados en los que encontrar nuevos datos, aprender. Eso lo solucionó Michael Crichton. Steven Spielberg llevó al cine su novela Parque jurásico y nació la dinosauriomanía, o como se diga. Además de Parque jurásico, al novelista norteamericano le debo unas cuantas lecturas estupendas (sí, también leo bestellers, a mucha honra; lo siento, pero no me llevo bien con los complejos), y me acuerdo estos días de una novela que me zampé en 1994, Acoso, o Disclosure, como dirían los esnobs. Si no la habéis leído, os la recomiendo. Tal vez recordéis la versión cinematográfica, con Michael Douglas y Demi Moore. A saber: ella, Meredith Johnson, tiene un breve escarceo sexual en la oficina con Tom Sanders, subordinado suyo, hasta que el tipo cae en la cuenta de que está casado y decide parar en mitad de la faena. Si la memoria no me falla, todo sucede en una empresa tecnológica de Seattle inmersa en un lucrativo proceso de venta. Lo más interesante de la novela era que daba igual que el acoso fuera cometido por un hombre o por una mujer. Lo importante era quién ostentaba el poder.

En el asunto de Luis Rubiales y Jennifer Hermoso no hay dudas respecto a la jerarquía. Tampoco de la zafiedad, modales, chulería e impulsividad del presidente de la R.F.E.F. Sobran los motivos para apartar del cargo a quien no sabe ni debe representar a nadie más que a sí mismo. Sobran los motivos, digo: desde los vergonzantes audios entre Rubi y Geri hasta agarrarse el ciruelo en el palco para celebrar la victoria. Por supuesto, también por lo del beso a la jugadora. Es inadmisible, injustificable, inexcusable. Todo lo que queramos. Pero encuentro un punto exagerado calificarlo de agresión sexual. Algo tan grave como una agresión sexual no debería ser banalizado. Nadie pareció darle mucha importancia al principio, ni siquiera la jugadora (y tenía importancia, mucha), hasta que la corriente implacable de las redes sociales empezó a dictar lo pertinente. De pronto los telediarios dedicaban más tiempo al beso de Rubiales que a la ficha policial de Trump o a la muerte de Prigozhin. Para colmo, el presidente de la R.F.E.F. en lugar de disculparse con honestidad y marcharse voluntariamente ha optado por sacar al patán barriobajero que lleva dentro y cada vez que habla parece un bombero pirómano. Allá él. Cada uno puede poner el listón de sus miserias donde le plazca. Peor me parecen los palmeros de uno y otro bando. Los que esperaban agazapados con un cuchiĺlo entre los dientes y los que se levantaron para aplaudir con entusiasmo y al día siguiente condenaron lo aplaudido. 

Uno de los motivos por los que está prohibido publicar encuestas de intención de voto antes de las elecciones es la posibilidad del efecto Bundwagon, que no es más que subirse al carro; apuntarse a la corriente ganadora, vaya. Pero el efecto Bundwagon tiene un curioso reflejo: el efecto Underdog, que no es sino votar a quien tiene menos opciones, por solidaridad, por pena. 

Es un tema muy delicado lo del beso de Rubiales. Yo mismo me lo he pensado varias veces antes de escribir este artículo, para no meterme en líos, para no correr el riesgo de ser malinterpretado. Resulta mucho más sencillo pensar en términos dicotómicos en lugar de buscar matices o apuntar dudas. No es que Luis Rubiales deba marcharse, es que debería haberse marchado hace mucho, o deberían haberlo apartado del cargo. Y está bien que se vaya, aunque sea por el beso, pero tengamos cuidado porque quién sabe si a la larga este linchamiento no terminará perjudicando a la jugadora y a los derechos que en su nombre se pretende defender.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2023

 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
No he visto nada.
Anónimo ha dicho que…
Perfectamente expresado. Lo suscribo.
Anónimo ha dicho que…
Muy de acuerdo contigo, destacaría varios puntos, ese señor debería de no estar en ese cargo hace mucho tiempo y por motivos distintos al beso, que todos sabemos.
Y algo tan grave como una agresión sexual, no se debe banalizar , es exagerado decir que ese beso del baboso de Rubiales sea agresión sexual. Gracias por tu artículo. 👏🏽

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