Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El chat de los guarros


La que habéis liado, chavales. A quién se le ocurre ponerse a decir guarradas en un chat privado. Seguro que mientras tecleo este artículo ya os están moliendo a palos y que muy raro será que leáis esto, pero no quiero dejar de decir que yo os creo. No me cabe duda de que ha sido la primera vez, y por supuesto será la última; un desliz, vaya. Una de esos momentos tontos que uno tiene a los veinte años, cuando lo normal es ponerte a debatir acaloradamente con tus amigos sobre cuál de los tomos de En busca del tiempo perdido te pone más verraco. Lo hemos hecho todos, vaya. Lo de los libros de Proust, digo. A esa edad e incluso cuando éramos más jóvenes. Mejor habría sido hablar del peinado de Puigdemont; o sobre los sutiles matices que, según Núñez Feijoo, existen entre el contrabando y el narcotráfico. Qué sé yo.

No es sólo cosa vuestra, queridos. De vez en cuando alguna amiga me cuenta cosas que habla con sus amigas, conversaciones subidas de tono sobre hombres que suelen quedar fuera del alcance del radar de los hombres. Quizá os sirva de consuelo saber que ninguna cumplirá ya los cuarenta. Las raras ocasiones en las que disfruto el privilegio de ser el depositario de sus secretos ardo en deseos (literalmente) de que me regale un pantallazo, pero he de reconocer que en el fondo me alegro de que no lo haga, porque, ¿quién puede asegurarme que no soy una rata acusica e iré directo al Tribunal del Santo Oficio a denunciarlas? 

Permitidme una sugerencia, vosotros y vosotras (el desdoblamiento paritario va muy en serio): la próxima vez que no podáis reprimiros, en lugar de chatear citaos en un bosque, como aquellos lectores distópicos de Ray Bradbury bautizados con los títulos de los libros que habían memorizado antes de que los quemasen. Sentaos alrededor de una hoguera, bebed si os apetece, charlad, miraos los unos a las otras, las otras a las unos, los unos a los otros o las unas a las otras. Y frotaos hasta daros brillo si os da la gana en todas las combinaciones anteriores, o en más si se os ocurren. Disfrutad, sed felices, reíd hasta que os duelan las mandíbulas. Hacedlo mientras podáis. Hacedlo antes de que lo prohíban.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2023 

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