Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El chat de los guarros


La que habéis liado, chavales. A quién se le ocurre ponerse a decir guarradas en un chat privado. Seguro que mientras tecleo este artículo ya os están moliendo a palos y que muy raro será que leáis esto, pero no quiero dejar de decir que yo os creo. No me cabe duda de que ha sido la primera vez, y por supuesto será la última; un desliz, vaya. Una de esos momentos tontos que uno tiene a los veinte años, cuando lo normal es ponerte a debatir acaloradamente con tus amigos sobre cuál de los tomos de En busca del tiempo perdido te pone más verraco. Lo hemos hecho todos, vaya. Lo de los libros de Proust, digo. A esa edad e incluso cuando éramos más jóvenes. Mejor habría sido hablar del peinado de Puigdemont; o sobre los sutiles matices que, según Núñez Feijoo, existen entre el contrabando y el narcotráfico. Qué sé yo.

No es sólo cosa vuestra, queridos. De vez en cuando alguna amiga me cuenta cosas que habla con sus amigas, conversaciones subidas de tono sobre hombres que suelen quedar fuera del alcance del radar de los hombres. Quizá os sirva de consuelo saber que ninguna cumplirá ya los cuarenta. Las raras ocasiones en las que disfruto el privilegio de ser el depositario de sus secretos ardo en deseos (literalmente) de que me regale un pantallazo, pero he de reconocer que en el fondo me alegro de que no lo haga, porque, ¿quién puede asegurarme que no soy una rata acusica e iré directo al Tribunal del Santo Oficio a denunciarlas? 

Permitidme una sugerencia, vosotros y vosotras (el desdoblamiento paritario va muy en serio): la próxima vez que no podáis reprimiros, en lugar de chatear citaos en un bosque, como aquellos lectores distópicos de Ray Bradbury bautizados con los títulos de los libros que habían memorizado antes de que los quemasen. Sentaos alrededor de una hoguera, bebed si os apetece, charlad, miraos los unos a las otras, las otras a las unos, los unos a los otros o las unas a las otras. Y frotaos hasta daros brillo si os da la gana en todas las combinaciones anteriores, o en más si se os ocurren. Disfrutad, sed felices, reíd hasta que os duelan las mandíbulas. Hacedlo mientras podáis. Hacedlo antes de que lo prohíban.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2023 

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