Barça Madrid
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El sábado tendremos un Barça Madrid. Pongo por delante al Barcelona porque, al jugar de local, es lo habitual. Cuando abundan los ofendidos o los aficionados a lo dicotómico conviene aclararlo. No sé cuándo se enfrentarán el Sevilla y el Betis. O el Betis y el Sevilla: conviene cambiar de nuevo el orden, por si acaso. De futbolero tengo lo justo para disfrutar los últimos veinte minutos de un buen partido, no mucho más. Ya me gustaría ser hincha de un equipo, de esos que se comen las uñas desde que árbitro pita el comienzo y gritan y sufren y vociferan hasta que acaba; o tener esa excusa para viajar y ver el mundo porque tu equipo juega contra otro extranjero. Puede parecer que recurro a la ironía, pero lo digo en serio: siempre envidio a la gente capaz de desgañitarse por lo que le apasiona.
En España somos muy aficionados a los Barça Madrid o a los Sevilla Betis (perdonad que ahora no vuelva a desdoblarme: la paciencia de los lectores no es infinita). Tal vez por eso nos comportamos igual cuando discutimos sobre un conflicto que sucede a miles de kilómetros. Con la que se está liando en Israel no podía ser menos. El debate (qué digo el debate, ojalá, la bronca más bien) salta a la calle, a las reuniones de amigos y a las tertulias periodísticas con la agilidad de un virus travieso. De vez en cuando alguien habla con sensatez, pero sólo muy de vez en cuando, y sus razones enseguida se olvidan o son acalladas por la vehemencia o el pensamiento extremo, el territotorio preferido por los todólogos.
Tengo un buen amigo judío con parte de su familia en Israel. Hace poco me regaló un cuaderno que compró en Cracovia. Lo veo en mi estantería, mientras escribo. ¿Cómo podría no entender sus razones? Hace más de treinta años conviví una temporada con un grupo de palestinos. Me contaron muchas cosas y me regalaron un corazón de madera con una dedicatoria muy especial y todos lo firmaron. También lo tengo en mi estantería, mientras escribo. ¿Cómo podría no entender sus razones?
Por carácter, por costumbre, por voluntad o por convencimiento, o por una mezcla de todo eso, suelo mirar lo que pasa a mi alrededor con bastante distancia. Eso no significa que no tenga mis filias y mis fobias, momentos en los que me enfado mucho y procuro evitar sobre todo porque luego no dejo de fustigarme por no haberlo conseguido. Si no quieres que te llamen equidistante para insultarte, por mucho que te esfuerces en ser ecuánime (ecuánime y equidistante no son sinónimos, vaya), has de expresar sin reservas tu apoyo a uno de los dos bandos. Si tratas de explicar las razones de los palestinos te tachan de rojo. Si quieres razonar sobre los motivos de los israelíes, eres un facha, o un ultraderechista, que tiene un matiz más moderno, o más guay. O llevas una fular palestino o una estrella de David al final de esa cadena que te cuelga del cuello.
No tengo una solución para lo que está pasando. Me temo que nadie la tiene. Los dos bandos son buenos (cada uno tiene sus razones legítimas) y son malos (ambos recurren a la crueldad). Ya me gustaría que fuera tan sencillo como un partido de fútbol. Al menos sabríamos cuándo termina.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2023
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