Saben aquell
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Salgo el viernes con la intención de verla, pero un plan inesperado me lleva por otro lado y acabo pasando una velada memorable, no recuerdo desde cuándo no me reía tanto. El sábado hago lo mismo, pero la hora de la proyección que consulté indicaba que era una hora más tarde. Antes de Internet también pasaban estas cosas, así que os ahorraré un par de líneas que desenmascaren al cascarrabias que llevo dentro. Mañana no puedo, tampoco el miércoles ni el jueves, y como temo que sea de las películas que aguantan en la cartelera menos de lo que deberían, repito el ritual por tercera vez. Total, a Bill Murray no le fue tan mal haciendo lo mismo cada día.
Una sala vacía es el trágico privilegio de un cinéfilo. No conozco un solo loco del cine que no haya fantaseado con tener una sala grande en su casa, con butacones tan cómodos como los del desaparecido cine Bécquer de Sevilla, pero una prueba incontestable de que a menudo no resulta agradable ver tus sueños cumplidos es sentarte en una sala vacía. Me ha pasado varias veces. Casi siempre, por desgracia, con una película española que me apetecía mucho ver.
Habrá quien se desternille con Saben aquell. A mí los chistes de Eugenio apenas me han arrancado una mueca amable durante la película. Me sé la mayoría de sus historias. Hasta las atesoro en un archivo mp3 que llevo en el coche. Eugenio era un genio, valga la rima simplona. De esos talentos que despuntan en una generación porque hacen las cosas de una forma que los convierte en únicos. No copian a nadie y todos los imitan a ellos. Quizá lo más difícil para un artista sea eso: la capacidad de no parecerse más que a sí mismo. No está lejos el recuerdo de Chiquito de la Calzada, vaya. O un cantante como Raphael.
Pero no son los chistes lo que más me ha gustado de Saben aquell, decía. La emoción viene por otro costado, y es mucho más grande y profunda. Seguro que también más duradera. El tormento del artista. La capacidad indudable de ser gracioso a pesar de no serlo. Quizá de tampoco desearlo. Su fértil mundo interior. Si la ironía no es más que amargura destilada, Eugenio es un buen ejemplo. David Verdaguer está espléndido. Carolina Yuste igual. Y guapa. Muy guapa. A los pocos minutos de la proyección Eugenio entra en un bar, ve cantar a Conchita y sabe que está perdido. Los espectadores también. Desde ese momento la película te agarra y ya no te suelta.
A menudo me preguntan por qué empecé a escribir. Son varias las razones, pero a pesar de los años una sigue prevaleciendo por encima de todas. La película de David Trueba me la ha recordado hoy: la posibilidad de emocionar a los demás.
No os perdáis Saben aquell.
© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2023
Comentarios