Kim Basinger septuagenaria
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“Compro y vendo dinero. Se le voy a decir a la primera tía que vea cuando salgamos”. Eso afirmaba, convencido y guasón, uno de los amigos a quien más risas debo en mi adolescencia. Era una de esas noches felices en el cine de verano. Mickey Rourke contaba su oficio en Nueve semanas y media, las mujeres se derretían y nosotros pensábamos que ser un yuppie era el camino directo a la felicidad. ¿Cómo podría ser de otra forma si el premio era Kim Basinger paseando de tu brazo por Nueva York? Venga, dime la verdad: ¿nunca has fantaseado con un estriptís mientras Joe Cocker canta You can leave your hat on? Levanta la mano o sonríe para tus adentros, anda, lo que prefieras, si has tarareado esa canción mientras una mujer se quita la ropa, para ti y para nadie más que para ti, asombrado y agradecido porque alguna vez la vida te regala esos momentos; porque, por muy mal que rueden las cosas, al menos una mujer (esa mujer, sí) aún te permite verla desnuda.
Fueron unos años de felicidad: Cita a ciegas, Ella siempre dice sí (nunca he visto más hermosa a Kim Bassinger que en esta película), L.A. Confidential (rectifico: aquí todavía se la ve más guapa)… Pero ahora Bruce Willis está muy enfermo, Alec Baldwin no es la sombra de lo que fue ni de las maneras que apuntaba, Russell Crowe ya no cabe en sus pantalones y Mickey Rourke lleva décadas convertido en un espantajo. También han pasado demasiados años desde la última vez que vi a ese amigo que tanto me hizo reír de adolescente y apenas tengo contacto con ninguno de quienes nos sentábamos en aquellas sillas incómodas del cine de verano. Unos amigos se van y vienen otros. No es culpa de nadie. Es la vida, vaya. Sin embargo Kim Basinger permanecía congelada en mi memoria, intacta en películas que se estrenaron hace tres décadas.
El otro día cumplió setenta años. Decían en la radio que tiene problemas financieros, que Hollywood, implacable con las mujeres, ya no le ofrece papeles, que se ha convertido en abuela. Setenta años, decía. No me preocupa el paso del tiempo. ¿Qué sentido tiene lamentarse por lo inevitable? Disfruto los buenos recuerdos, que son muchos, y me esfuerzo en aparcar los malos y mantener la ilusión intacta, pese a las dentelladas. Pero no he querido ver fotos actuales de Kim Basinger. A menudo la felicidad habita en la memoria, en la sala oscura de un cine, en las páginas amarilleadas de los libros que leíste, en los viejos cuadernos donde volcabas lo que te brotaba desde muy adentro.
© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2023
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