Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Mejor un perro



Al perro no le pasa nada, me dice la veterinaria. Los análisis son perfectos. Seguro que está incluso mejor que tú y mejor que yo. Se hace mayor, sólo eso. Lo normal es que no tenga ganas de jugar, ni de saltar, ni de salir al campo cuando hace frío. Es como mi abuela. Tiene noventa y tantos y una salud a prueba de bombas, pero no le apetece dar cabriolas.

Lo bueno, quiero pensar siempre, es que los perros no saben que un día todo se apaga y ya está. Con las personas resulta más difícil, porque además, y resulta admirable, no quieren aceptar que hay cosas que ya no pueden hacer. Cosas que han hecho toda la vida pero ya el cuerpo no les acompaña. Y ven como el mundo a su alrededor se desmorona. Los de su generación se caen (ser viejo es tener miedo a caerse, decía el gran Manuel Alcántara) y se rompen los huesos, o se rompen los huesos y luego se caen, o pierden la memoria, poco a poco o de repente, o ya no pueden andar o hay que darles de comer y limpiarles la boca, como a los niños. 

Mejor ser un perro si tiene un dueño que lo cuide. Por puro instinto meneará el rabo cuando te acerques a acariciarlo, cuando le des de comer. Te lamerá las manos y la cara con el mismo cariño de siempre. Se tumbará a tus pies hasta el último aliento. Sin saber nada. Sin temer nada. Sin preocuparse por nada. No tienes que contarle, con lástima y con ternura, las cosas que ya no puede hacer. Y si se lo cuentas no te va a entender. No tienes que rogarle que no las haga, o que haga otras, mientras evitas enfrentar sus ojos. 

Yo me entiendo.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2024

 

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