Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Principio de Incertidumbre


El ritmo de publicación de un servidor se ha reducido al mínimo durante los últimos años. Nada grave. Casi nada lo es, por suerte. Grave, quiero decir. Son varios los motivos, pero no vienen al caso. Tengo un libro de cuentos en la recámara, estoy con otro y guardo varios proyectos de novela en la cabeza. A veces me asalta la pereza, o la desidia, que son parecidas pero no lo mismo. No dejo de escribir. Siempre lo hice por el puro placer de sentir cómo la tinta fluye sobre el papel. Tan físico, tan sencillo y tan prosaico como eso. Me siento en un bar, abro el cuaderno y garrapateo lo que me pasa por la cabeza, tomo apuntes de lo que veo, como un pintor que traza unos esbozos con los que luego trabajar en su estudio. Hace pocos días estrené el tercer cuaderno en un año. Me gusta la sensación de empezarlo, las páginas en blanco donde también iré contando lo que me pasa, lo que siento, de una forma sincera, sin tapujos. Tengo docenas de ellos, el más antiguo, aunque los hubo anteriores y los perdí, de cuando tenía catorce años. Sonrío al ver que muchas de las cosas que me importaban entonces me siguen importando ahora, sólo cambian los nombres y el contexto. Al cabo, todos somos como una matrioska que lleva dentro a quienes hemos sido en el pasado.

Siempre me he asomado a los diarios de otros escritores con curiosidad de voyeur. A menudo me pregunto cuánto de verdad y cuánto de impostura contienen. Porque uno no debe mentirse cuando escribe un diario. Y, sobre todo, no debe escribirlo pensando en que alguien lo leerá. No sería igual. Nunca te comportas igual si sabes que te están mirando. Más o menos como el Principio de Incertidumbre de Heisenberg aplicado al género memorialístico.

 Yo me entiendo.

 

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2024

 

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