Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Filosofía


Eres un filósofo, me decía alguien no hace mucho. Le brillaban los ojos por mi opinión sobre algo muy importante que le pasaba. Un par de cosas sobre esto: una, me había preguntado (no acostumbro a meter la nariz donde no me llaman); dos, no soy un filósofo. O sí, pero no en mayor medida de la que todos lo somos, supongo. Soy de los que procuran ver las cosas desde múltiples ángulos, puede que por deformación profesional: debo ponerme en el lugar de los personajes, entender sus motivaciones. Quizá eso te regala, aunque no lo quieras, una importante capacidad empática, aunque a veces la empatía se pasa de rosca y cada vez que alguien te ataca o te maltrata o te hace daño en lugar de enfadarte o entristecerte, o además de enfadarte y entristecerte, te preguntas cuánto tienes tú de culpa en lo sucedido, si no podrías haber hecho más para evitarlo y procuras entender sus razones. Al final tienes que resignarte, no hay respuesta para todo. Al cabo, filosofía es lo que no sabemos, como apuntó Bertrand Russell. 

Ahora en serio: me gusta mucho la filosofía. Muchas veces he contado a mis amigos aquel examen oral en COU. El profesor levantando las dos palmas de las manos, como si sostuviese una bandeja en cada una, y la pregunta: “A ver, Andrés, tenemos aquí un bloque de piedra y aquí una estatua. ¿Qué diría Platón que ha sucedido entre ambos estados? ¿Y Aristóteles? ¿Qué diría Aristóteles?” Más de tres décadas después no he sido capaz de encontrar una forma más sencilla y descriptiva de explicar a nadie el significado de lo ideal para Platón o de la potencia y el acto aristotélicos.

 Ya me gustaría llevar toga y sandalias y sentarme al sol para comer aceitunas mirando al Jónico; o pasear por un sendero alfombrado de tilos mientras la cabeza me hierve bajo el sombrero de tres picos de tanto reflexionar. O tener (al menos tenerlo siempre), ese temple marcoaureliano. Por cierto: el estoicismo es una corriente filosófica con elementos muy aprovechables, parece que ahora está muy de moda, pero llevado al extremo resulta de una frialdad sobrecogedora. Bueno es que lo que suceda no nos afecte demasiado, pero peor es que todo nos resbale. Aunque me gusta la escuela estoica, prefiero el escepticismo. Me parece la mejor forma de afrontar la existencia. Cuantas menos certezas y menos expectativas, mucho mejor.
         Toda esta parrafada (¡hay que ver!) para contar que uno de los grandes descubrimientos en los últimos tiempos para mí han sido los libros del filósofo cordobés José Carlos Ruiz. El año pasado leí con enorme felicidad El arte de pensar y estos días me he zampado en un par de sentadas Filosofía ante el desánimo. En mi opinión, la mejor filosofía es aquella que resulta útil para esta cosa tan rara que llamamos vida. Los libros de José Carlos Ruiz son útiles. Muy útiles. Quizá parezca un esfuerzo ponerse a leer filosofía a estas alturas cuando Internet está repleta de sentencias propias de cuadernos de adolescentes, ¿verdad? Frases vacías o sonrojantes que demasiadas veces, me temo, ni siquiera comprenden quienes las muestran con tanta alegría, algunas con faltas de ortografía tan evidentes que te dan ganas de apartar la vista. Son cosas de este mundo líquido que con tanto acierto definió Zygmunt Bauman. Pero la buena filosofía, la que sirve para la vida, la que enseña, la que te hace reflexionar y te empuja a seguir descubriendo y a seguir aprendiendo, sigue existiendo. Y hay que celebrarlo.
Yo lo celebro.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2024

 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Me encanta
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Muchas gracias. Un placer.

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