Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Mucho ánimo



No sé qué le ocurre, pero intuyo o adivino o imagino que algo le pasa. Aunque la sonrisa siga siendo la misma de cada mañana. También su amabilidad. Es de agradecer en cualquiera que trabaje cara al público. Sobre todo en un bar. No siempre se da. Pocas cosas resultan más desagradables que un perdonavidas que atiende a un cliente: en una ventanilla, en un comercio, en un bar o en una gasolinera. Yo estoy a lo mío, apurando el segundo café, mirando a la gente, leyendo, anotando en el cuaderno cosas que sólo yo entiendo, cosas que a menudo yo no entiendo. Un cliente le da un abrazo. Le dice que mucho ánimo. Conozco al cliente, de una vez que coincidimos en otro sitio, no muy lejos de allí, una tarde muy especial a primeros del verano pasado. Desde entonces me saluda con afecto y amabilidad. Ni siquiera me acordaba de él cuando un día se acercó a mi mesa y me tendió la mano. La vida, me dice al despedirse, con pena. La vida está llena de problemas. No hago preguntas. Cuando intuyes algo malo es mejor ser discreto. Aún me quedo un poco, sigo a mis cuitas, que no son nada y lo son todo. La sonrisa sigue siendo la misma cuando voy a pagar la cuenta a la barra. Si hay tristeza está muy escondida, al fondo de los ojos. Ojalá que no la haya. Ojalá me equivoque. En esta vida, Andrés, me dijo cuando era muy jovencito uno de esos sabios que ya se fue, el que no vale para barrendero no vale para nada. Cuánta razón tenía. 

Cosas mías.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2024

 

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