Hace muchos años desayunaba siempre en la calle. Abandoné esa costumbre cuando se cumplió el sueño de trabajar en mi casa. También perdí la costumbre de las tostadas, supongo que en parte por pereza. Pero antes o después uno regresa al lugar del que se marchó y descubre que ya no es quien fue, o quizá lo sigue siendo pero de otra manera. En un mismo cuerpo caben distintas personas durante una vida. Leed a John Locke si queréis profundizar sobre esto. El filósofo, digo. Aunque también podéis usar el comodín de la serie Perdidos: John Locke (uno de los personajes principales, los fans de la serie lo recordarán) se llamaba así por él. Sostenía Gerald Brenan que el desayuno es el mejor momento del día. A partir de ahí las cosas no pueden sino estropearse. Si no lo dijo él, así es como lo recuerdo. No me apetece buscarlo en Google. Para bien o para mal, a menudo y cada vez más me gusta saltar al vacío. En la escritura, en la vida. Resultan, las dos, más emocionantes, más divertidas. Lo dijera o no, pienso igual que el hispanista inglés sobre el desayuno. Hace tiempo recuperé la buena costumbre de salir a desayunar. Procuro que sea sabroso, disfrutarlo sin prisas y en un lugar agradable, muy temprano, no es raro el fin de semana que soy el primer cliente. Tanta importancia le doy a ese rato que muy pocas veces miro el móvil, atiendo una llamada o permito que nada me perturbe antes de desayunar. Alterno un par de bares donde me conocen y me tratan bien. También tengo localizados varios sitios en otras ciudades que frecuento. Supongo que no es grave y terminan acostumbrándose al tipo raro que saca de la mochila un lápiz, un par de bolígrafos un cuaderno y un libro e instala una suerte de oficina en la mesa. Escribo un poco, notas breves, una especie de diario. Y leo, el lápiz siempre cerca, para subrayar. Aunque no esté jubilado ni creo que vaya a estarlo nunca de la escritura, aunque sólo sea para unos pocos, incluso aunque sólo sea para mí, es como asomarse a la valla de una obra para analizar el trabajo de otros. Suelo desayunar solo, pero a veces me acompañan personas de mucha confianza. El primer café del día se me antoja mucho más íntimo que un par de copas de vino a luz de unas velas. De cómo ha sido el desayuno dependerá en buena medida el resto del día. Por tanto, si lo vas a compartir, conviene pensar bien con quién. Si el autor de Al sur de Granada llevaba razón, desayunar es un momento demasiado importante para regalarlo a la ligera: gente especial para quien firma al final de este texto. Hombres, mujeres. Estas últimas sin tener necesariamente que haber dormido conmigo la noche anterior. O igual sí. Pero, lo siento: sólo os podría contar eso si alguna vez hemos desayunado juntos.
© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024
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