Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Youtubers antárticos

 

Observo atónito en el telediario a ciertos turistas de la Antártida (quizá youtubers o influencers o aspirantes a serlo), sus cámaras al otro lado del palo para selfis (no sé si se llama así ni puñetera falta que me hace: el palito, digo), grabando la majestuosa cola de la ballena al sumergirse a pocos metros de la embarcación (yo haría lo mismo si fuera una ballena: nadaría hasta el fondo del mar en cuanto alguien pretendiera sumar seguidores en su cuenta de Instagram a mi costa, aunque no sé si lo privaría de un remojón) o tirándose en plancha, en bañador, como si estuvieran en el Caribe, para nadar entre bloques de hielo. Todo vale, desde hacer el tonto o arriesgar la vida tontamente, si es que no son sinónimos, con tal de unos segundos de gloria cibernética. El otro día se descalabró una youtuber cuando se grababa al borde de un acantilado. Hacer el idiota tiene sus riesgos. Ya lo dijo el maestro Reverte hace muchos años, veinticinco por lo menos, cito de memoria: “Algunos piensan que hacer tiburoning en los Cayos de Florida con un calamar en el culo es como una película de Disney.” 
No dudo del avance social que supone la proliferación de los viajes. Nunca ha resultado más sencillo y más barato dar la vuelta al mundo. El problema es que ahora el camino a la cima del Everest demasiado a menudo me recuerda a la cola del McDonald´s y la Antártida parece Matalascañas durante un puente de agosto. No tengo intención de escalar la montaña más alta del planeta, pero sí me seduce patearme el Himalaya, encontrar un monasterio como Shangri-La (leed Horizontes perdidos, de James Hilton: yo la tengo justo detrás, mientras escribo; se tarda un poco más que en ver un vídeo en Youtube, pero a la larga resulta mucho más placentero y enriquecedor, creedme) donde pedir asilo hasta el final de mis días. Uno siempre ha soñado viajar a ciertos lugares sobre los que leyó cuando era un niño ansioso de aventuras.  Hasta ayer pensaba ir a la Antártida, pero se me han quitado las ganas. Resulta más barato y reduce las posibilidades de desarrollar una úlcera ver un rebaño de borregos en un documental de la 2. 

 © Andrés Pérez Domínguez, abril de 2024 

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