Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Dibujar

Dibujo desde que tengo uso de razón. Quién sabe si antes, pero no lo recuerdo. Nadie me ha enseñado y tampoco he querido que me enseñen. No dudo que aprendería, tengo todo que aprender, no sólo en el dibujo. Pero prefiero encontrar el camino a machetazos. Con la escritura me pasa lo mismo: nunca he asistido a un curso. Tampoco lo he impartido. Prefiero no saber cómo ni por qué lo hago. Mucho menos explicarlo. Un día sentí el impulso de contar historias y me senté a escribirlas. Quería emocionar a los demás como a mí me emocionaba a veces lo que leía. La mayoría de las cosas importantes prefiero sentirlas, sin detenerme a pensar. Dibujar por placer, escribir por placer (aunque también sea mi oficio, lo detestaría si lo principal no fuese el placer de crear), vivir con placer. No me gustan los paisajes ni los bodegones. Tampoco el dibujo técnico. Mi primo Antonio me enseñó hace siglos a diseñar cocinas y armarios y yo también los dibujé durante siglos, sin entusiasmo, pero era mi obligación. Luego yo enseñé a alguien para liberarme y gracias a la escritura conseguí cambiar mi destino. Es una forma de hablar: yo no creo en el destino. Ahora tengo otra vida, pero sigo dibujando. Me regala un placer físico más que intelectual. Los colores intensos sobre el papel, las sombras, el olor de los rotuladores, el de los lápices recién afilados, la fluidez hipnótica y traicionera de la acuarela, las intensas líneas gruesas que marcan las siluetas en los tebeos. No es un placer muy distinto al del sonido de la pluma cuando rasga la hoja del cuaderno, el chorro generoso de tinta devenido en palabras. La escritura también puede ser física además de intelectual. En cuanto empiece a parecerse a un trabajo, déjalo, recomendaba Ray Bradbury. Yo siempre procuro escuchar a quienes saben. He tenido la suerte de conocer a gente talentosa que sabe mucho más que yo. De cine, de libros, de música, de pintura, de karate, de mujeres. De la vida. Me gustan los retratos y las figuras humanas, sobre todo en movimiento. He crecido rodeado de tebeos, copiando los personajes. Puedo dibujar de memoria a Spiderman, al Guerrero del Antifaz o a Batman en cualquier postura (suya) y con los ojos cerrados (los míos y los suyos). Suelo regalar mis dibujos. No sé, será que no me gusta conservarlos. El otro día le regalé su retrato en acuarela a una persona muy querida. Su entusiasmo sincero al recibirlo compensa el tiempo invertido. Compraré un marco bonito y lo pondré en mi casa, me prometió. Me gusta dibujar a la gente que aprecio. Quizá por el deseo subterráneo de ser recordado con cariño. También de ser querido. 


 © Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla